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El triunfo de la Revolución Sandinista el 19 de julio de 1979 fue la culminación de un largo proceso histórico de luchas por la liberación nacional y la redención social del pueblo nicaragüense, provocando rupturas sociales y políticas que demandaba la sociedad para superar siglos de atraso, desigualdad y dependencia, abriendo caminos de progreso, de inclusión y equidad social, de protagonismo popular, de dignidad y soberanía nacional.

Ese camino de revolución que seguimos andando hoy llega a sus 36 años; las revoluciones son un camino y un horizonte permanente. Se llega a los 36/19 acumulando muchos avances, algunos reveses, con nuevos retos, haciendo camino al andar, con “campañas de buena esperanza”, con el optimismo histórico de construir una nueva sociedad, un nuevo hombre y una nueva mujer, con los valores y principios de la justicia, la igualdad, la fraternidad y la solidaridad.

Por eso, la revolución sandinista debemos verla en todo su recorrido, es un acumulado ascendente de evolución, avances, cambios; pasando la primera etapa fundadora de los años 80 de claro beneficio popular y de digna defensa nacional frente a la agresión externa. El revés electoral de 1990 no fue la derrota de la revolución; la revolución siguió defendiendo sus logros y enfrentando a su antítesis: el neoliberalismo.  

El regreso al gobierno nacional del FSLN en el 2007 le dio continuidad a la revolución, un nuevo impulso, reafirmando, restituyendo y conquistando nuevos derechos; aprendiendo de la historia, formulando un Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, construyendo una ruta de entendimiento nacional, diálogo, alianzas, consensos de todos los actores y sectores para empujar el progreso del país.

La prioridad en este momento histórico es el combate a la pobreza y construir una sociedad con equidad. Para ello, tenemos como premisa fundamental el logro de la paz que se ha consolidado en estos años, la cual es producto de la contribución de todos y sobre todo del alto aporte del sandinismo para su logro y sostenimiento desde los Acuerdos de Paz de Esquipulas de 1987. 

El combate a la pobreza se logra con la implementación de políticas, programas y mecanismos de redistribución y distribución justa de la riqueza desde el ámbito público y de los actores económicos, en este caso desde las políticas económicas y sociales que logren reducir la desigualdad y avanzar hacia condiciones de vida justas.

En ello, la economía es fundamental y se trabaja para desarrollar una economía democrática, dinámica, diversa, sustentable y sostenible, lo cual ha logrado un crecimiento sostenible, que gradualmente va asegurando mejores condiciones de vida, que debe profundizarse para que las brechas de pobreza y desigualdad existentes se reduzcan y hagan realidad esa sociedad equitativa a la que se aspira.

El proceso de crecimiento económico con desarrollo social, que marca prioritariamente el accionar revolucionario hoy, es acompañado de la promoción y construcción de valores que permitan hacer integral el proceso de desarrollo con la debida solidaridad y justicia social.

Por ello, cuando se habla de valores cristianos, principios socialistas y prácticas solidarias, se está decidiendo y haciendo realidad, poco a poco, una nueva sociedad con contenido y rostro humanos.

La revolución construye este modelo socialista tomando en cuenta la experiencia histórica de construcción socialista y la propia experiencia nacional, que permita ir evolucionando y cambiando con consenso, con conciencia, con inclusión social,  todos los ámbitos de la vida, preservando y conjugando nuestra propia identidad social -cultural- nacional con los valores construidos  en un largo periodo por la humanidad.

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