Karlos Navarro
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En estos días la editorial Cuscatlán, de El Salvador, publicó el libro “La justicia contenciosa administrativa en Centroamérica”. Reúne trabajos de Henry Mejía, Edmundo Orrellana, Ernesto Jinesta Lovo, Carlos Gasnell y un trabajo mío sobre esta materia. 

Es un libro pionero, porque trata de brindar una visión panorámica del Estado de la Justicia contenciosas administrativa en estos países centroamericanos.

El prólogo al libro lo ha escrito el doctor Jesús González Pérez, uno de los más grandes juristas del siglo XX en España, a quien le profeso una gran admiración y me considero un discípulo de él.

Don Jesús González, pese a su sencillez, es un auténtico gigante del derecho administrativo, una de esas personas a las que la historia elige para que rompan del todo su hilo conductor. Él junto a Eduardo García de Enterría, pertenece a lo que se conoce como la década prodigiosa del Derecho Administrativo, una generación irrepetible de juristas, líderes indiscutibles del proceso de renovación del Derecho Público español que contribuyó de modo silencioso, pero decisivo al éxito de la Transición.

Toda su obra la construyó al margen del poder, y siempre miró hacia América Latina. Como un homenaje en vida,  reconocimiento a esta labor y considerado una de las primeras figuras del procesal español e hispanoamericano se constituyó hace ya una década la Asociación e Instituto Jesús González Pérez, que tiene su sede en Costa Rica y del cual formo parte de su junta directiva.

La ley de la jurisdicción contenciosa administrativa de 1956 ha sido considerada como técnicamente perfecta. Esta ley fue reproducida casi en su totalidad en la mayoría de los países de América Latina en la segunda mitad de siglo XX.

La última vez que visité Madrid, me contaba que durante el proceso de redacción del proyecto de ley, cuando le salía un artículo demasiado técnico, Juan Gascón les decía: "sois unos chicos muy listos, sabéis mucho Derecho Administrativo; pero tened en cuenta que las leyes tienen que entenderlas los magistrados del Tribunal Supremo y los consejeros de Estado. Y, entonces, retocábamos el precepto dándole una redacción menos científica". Me recomendó: "Es necesario, pues, que las normas sean claras, que puedan entenderse por todos, aunque sean reiterativas”.

Jesús González es un jurista excepcional, pero también y sobre todo un hombre bueno, de una vitalidad extraordinaria, optimista hasta la exageración y extremadamente generoso. Quizás sea esta, la generosidad, la más notable de sus muchas virtudes y no me refiero a la generosidad en lo material, que también, sino a la generosidad intelectual, que en el mundo académico es rigurosamente inhabitual. 

La mayoría de los profesores e intelectuales somos extraordinariamente celosos de nuestras ideas, las que creemos únicas e irrepetibles. Sin embargo, Jesús González siempre ha estado presto a brindarnos consejos, y nos ha llenado las manos con sus libros y excepcional biblioteca, la mejor de Madrid, en materia de derecho procesal administrativo. 

En mi vida académica ha sido todo un privilegio encontrarle, tenerlo como maestro y consejero. Espero que en mi próximo viaje a Madrid lo visite en su casa, donde siempre me espera con los brazos abiertos, y entregarle un ejemplar de la nueva Ley de la Jurisdicción contenciosa administrativa, de la cual sin duda él ha sido parte, lo que constituye una gran distinción.

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