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Luego de negociaciones con los jefes de gobierno de los países que comparten la moneda común europea, el primer ministro griego Alexis Tsipras aceptó la imposición de medidas draconianas que anulan la soberanía griega, a cambio de un acuerdo para la búsqueda de un nuevo plan de rescate. 

La cúpula de la Unión Europea (UE) nunca perdonará a Syriza y al pueblo griego que votó por el NO. Con el referendo del 5 de julio pasado quedó en evidencia la verdadera naturaleza de su sistema.

Aumento de impuestos, limitación del sistema de pensiones, privatización de bienes públicos estratégicos e involucramiento del Fondo Monetario Internacional (FMI). Por si fuera poco, la soberanía griega quedará abolida de facto, por disposiciones de incapacidad del país de votar reformas sin la previa aprobación de los acreedores, y la cesión de activos estatales a un fondo de cobertura fuera del control gubernamental. 

El papa Francisco respaldó al actual gobierno griego. El presidente del Instituto Delors de París, Yves Bertoncini, reconoce: “El error de Tsipras ha sido querer cambiar Europa”. Le Monde en su editorial, señala, El establishment de Bruselas, “ha visto en el referéndum un desafío”. 

La evidencia del desprecio a la soberanía nacional avanza y da un gran paso adelante. El papel del BCE como brazo económico del directorio quedó más que evidenciado en el corralito especialmente organizado a partir del 28 de junio.

El gigantesco préstamo negociado por el gobierno griego no representa un rescate de su economía, ni está destinado a mejorar las precarias condiciones de vida de una población, con más de un cuarto de sus habitantes en el desempleo, pues el dinero será usado casi íntegramente para cubrir las deudas con los acreedores.

Además, en las negociaciones no se contempló la posibilidad de una condonación de la deuda de Grecia, pese a que existe un reconocimiento generalizado de que esta resulta impagable, aunque se someta completamente los dictados de sus acreedores.

En Grecia ganó las últimas elecciones Syriza, con un programa que pretendía sacar a la economía griega de la crisis en la que estaba sumida con una receta distinta a la de la austeridad, que es la que se ha venido aplicando en todos los países de la UE.

En estos últimos años, hemos observado el mayor acto de agresión sufrido por un país europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Tal hostilidad ha ido en contra de las clases populares de Grecia, realizada por las clases pudientes, élites gobernantes de la UE y su mayor instrumento de presión, el Banco Central Europeo (BCE), respaldado por el FMI.

Los gobiernos anteriores al de Syriza aplicaron disciplinadamente las recetas dictadas por la Troika (BCE+FMI+CE), alianza de organismos que se encuentra fuera del control democrático, que vela por los intereses de los poderes económicos y financieros. 

El problema de la deuda es una especie de espiral infinita, que para impedir la quiebra de la economía se acude a nuevos rescates financieros, cuyos intereses se suman a la deuda ya existente y que tiene que pagar el Estado, es decir, la gente. 

Reputados economistas han señalado de manera reiterada que esta política de austeridad provoca estancamiento económico y desempleo, privando a las naciones en dificultades de recursos que les permitan hacer frente a sus compromisos y financiar su desarrollo. 

Lo que la estructura de poder del gran capital deseaba no era echar a Grecia del euro, sino expulsar a Syriza del gobierno. La eurozona y Grecia llegaron a un acuerdo que abrió una fisura en Europa, colocó a Atenas bajo un virtual protectorado.

Una vez más, las decisiones de los grandes capitales se imponen a las necesidades y voluntades de millones de seres humanos, en una lógica depredadora de la que ninguna nación parece estar a salvo. Las élites gobernantes que encarnan los intereses del capital financiero, dominan Europa.

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