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Hace 13 años el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán denunciaba que Irán estaba en proceso de producir armas nucleares en Arak y Natanz.

Y este 14 de julio los (P5+1): Gran Bretaña, Francia, Rusia, China, Estados Unidos más Alemania, lograron firmar un acuerdo que le pone freno al intento iraní para producir armas nucleares.

Irán siempre ha argüido que sus plantas de procesamiento de energía nuclear funcionan solo con fines pacíficos. Pero habría logrado, mediante las negociaciones en Viena, que luego que cumpla el acuerdo, le levantarían las sanciones impuestas por Occidente. Ese levantamiento sería un respiro para su maltrecha economía y un estímulo para mejorar su posición internacional. 

¿Es este otro triunfo de la política exterior del presidente Barack Obama: partidario de la diplomacia multilateral? Así  demuestra que la política norteamericana tiene otras opciones que no sean militares; que se puede conseguir acuerdos con países radicales sobre temas tan difíciles --como los de armamento nuclear--, suscritos, incluso, en alianza con países  ideológicamente adversos, como China y Rusia. 

La Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) también se acredita una victoria.

¿Por qué los triunfos tienen que hacerse recurriendo a métodos reprochables, que únicamente generan sangre, odio, dejando en caos a los países intervenidos?

Además, este es un buen precedente. El hecho mismo de haber detenido un posible conflicto, por medios diplomáticos, confirma que todavía se puede  dialogar, entenderse, y mostrar buena voluntad, entre los actores internacionales para buscar la paz.  

Los detractores del presidente Obama dirán: 1) él solo ha buscado entenderse con los peores enemigos (¿no es que lo grave se resuelve primero?; y que este acuerdo catapultará al régimen iraní para sacudirse las sanciones y lograr su enriquecimiento nuclear, con el aval del  (P5+1). ¡Washington esta vez sí jugó bien! Además, los logros son mucho más meritorios cuando se llega a acuerdos con Estados de mucha peligrosidad. 

El gran perdedor es Israel. En particular, su primer ministro Benjamín Netanyahu, quien ha dicho que este acuerdo “es una capitulación y un error de históricas proporciones”.

¿Cómo lograron perder esta batalla los brillantes lobistas judíos en Washington y Bruselas? ¿O fue más convincente Teherán con su discurso cándido y suplicante?

La cuestión es que el acuerdo trabajado con desconfianza y desvelo se resume en estos puntos: 1) Irán reducirá su capacidad de enriquecimiento en dos terceras partes; 2) sus reservas de uranio enriquecido se reducirán a 300 kg, un 96% reducidas; 3) el reactor de agua pesada de Arak será desmantelado, y no podría producir cantidades significativas de plutonio; 4) Irán permitirá que inspectores de la ONU entren a las plantas nucleares cuando haya sospechas —los inspectores no podrán ser norteamericanos—; 5) solo cuando la AIEA verifique que Irán ha logrado reducir su programa, las sanciones de la ONU, EU y la UE serán levantadas; 6) las restricciones en cuanto a comercio de armas convencionales se mantendrán por cinco años más; y ocho, en el caso de tecnología de misiles balísticos. 

Los argumentos del primer ministro israelí, quien se ha esforzado mucho en impulsar una diplomacia persuasiva con los países occidentales para detener un acuerdo con su megaenemigo Irán, han fracasado. Incluso, se predice su caída política.

¿Se debe confiar en Irán? ¿Su comportamiento es una maniobra engañosa o una actitud honesta y firme para enmendar faltas pasadas?

La  negociación diplomática se sustenta en la confianza recíproca. Es más un imperativo de fe que una muestra de ingenuidad. Lo difícil se logra solo cediendo mutuamente. Las partes mismas escogen y aceptan mecanismos de cumplimiento y verificación. Conviene cumplir. No hacerlo, desprestigia. Internacionalmente, si un Estado no tiene buenas relaciones, se aísla y se perjudica. No hay opción de mudanza. 

Pero si Teherán no cumple, Israel sabrá demandar acciones correctivas.  

Cualquier compromiso, por muy deficiente, siempre será mejor que un conflicto. Este compromiso fue elaborado por experimentados y avezados diplomáticos occidentales, chinos y rusos, que no podrían ser embaucados.

Igualmente, si el acuerdo es bien visto por ciudadanos iraníes no ligados al régimen, tendrá mayor validez moral. 

Estoy seguro de que se ha actuado bien. La guerra es un mecanismo perverso de los que pierden la razón.

Entonces, nos queda confiar y aguardar. O creer, en las palabras del columnista judío del diario Jerusalem Post, Yossi Melman: “Israel exageró la amenaza nuclear y la pintó con proporciones monstruosas”. Y agregó: “El acuerdo nuclear en proceso está lejos de ser perfecto, pero el cielo no se derrumbará mañana”.

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