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Es maravillosa la forma en que el papa Francisco expone la Doctrina Social de la Iglesia basada en las enseñanzas de Jesucristo. La manera clara en que nos habla sobre la opción preferencial por los pobres, la idolatría del dinero, la dictadura del mercado, los efectos nocivos del capitalismo salvaje, la perversidad de la economía basada en el consumismo, la explotación de los pobres, etc. Eso le ha valido críticas, ataques y hasta odio de quienes tienen el corazón duro, insensible, y emiten juicios falsos, incluso malintencionada y maliciosamente llamándole comunista. Además de maldad, quienes dicen eso tienen una inmensa ignorancia sobre Jesús, la doctrina cristiana y las enseñanzas de los papas.

Rápidamente recordemos la clara preferencia de Jesús por los pobres y la forma dura en que se refirió a las riquezas. Los profetas habían hablado de manera similar antes de su venida y la Virgen María en su Magnificat recuerda las profecías de Isaías y lo dicho en el Salmo 107, expresando cómo Dios “llenará de bienes a los pobres y a los ricos los despedirá con las manos vacías”. Hay muchas citas bíblicas sobre esto, pero tengo poco espacio. Lo importante es destacar que el papa Francisco no enseña un Evangelio diferente sino el mismo Evangelio de Cristo que la Iglesia católica proclama desde hace dos mil años y cuya incidencia en lo económico y político recoge en la Doctrina Social de la Iglesia donde, para poner dos ejemplos, se enseña el “Destino Universal de los Bienes” y el “Principio de Solidaridad”.

Desde el pontificado de León XIII (1878-1903) la Iglesia ha puesto en el contexto moderno la enseñanza social de Jesucristo refiriéndose a temas como el “Destino Universal de los Bienes” que se opone a considerar como derecho absoluto la propiedad privada, y el “Principio de Solidaridad” que se opone al individualismo económico, condenando el egoísmo y llamando a compartir los bienes. Los papas San Juan XXIII y Beato Pablo VI, junto con el Concilio Vaticano II, impulsaron la reafirmación de esta doctrina social que constituye el corazón mismo del Evangelio. 

San Juan Pablo II, por su parte, dijo: “Muchos hombres viven en ambientes donde siguen vigentes las reglas del capitalismo primitivo con una despiadada situación que no tiene nada que envidiar a la de los momentos oscuros de la primera fase de la industrialización. Las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido”. Recordó que “todavía son válidas muchas de las premisas de la Rerum Novarum (de León XIII), que entonces criticó el capitalismo salvaje reinante en Europa”. Destacó los defectos del capitalismo desarrollado, tales como el consumismo y los desastres ecológicos. También reafirmó que “sobre todo derecho de propiedad recae una hipoteca social”. Explicó que el mercado libre es bueno, pero debe intervenir el Estado “para corregir situaciones sociales que el mercado no puede corregir”. 

Como se ve, el papa Francisco no está agregando nada diferente, únicamente da continuidad a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, que no pretenden sembrar odio ni lucha de clases, que no condena a los ricos necesariamente, sino la idolatría de las riquezas, el egoísmo y la falta de amor al prójimo, especialmente a los más pobres y necesitados. Doctrina que nos llama a todos a amar como ama Jesús, a usar nuestros bienes para provecho propio y también para el de los demás, y a trabajar por un cambio de las estructuras de opresión y explotación por estructuras de solidaridad, con opción preferencial por los pobres.

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