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Hace unos años, tuve la oportunidad de llevar a cabo un estudio para entender a las comunidades rurales de Nicaragua, como parte de un equipo de investigadores en ciencias sociales y médicos. El tema de nuestro estudio fue el parto: ¿cómo deciden los hombres y las mujeres si se debe dar a luz en un hospital, en una clínica o en casa?

Hicimos el viaje en una ambulancia desde el hospital de la ciudad más cercana a un pueblo llamado Españolina. El mal estado, tanto de la carretera como de nuestro vehículo, hizo el viaje un poco aterrador.

Más bien asustados pero seguros, llegamos finalmente a Españolina, una comunidad indígena pobre entre las ciudades de Bonanza y Rosita en la región costera norte del Caribe que hablaba principalmente mayangna.

Mientras nos preparábamos para las entrevistas, nos dimos cuenta de que los refrescos que habíamos prometido a los participantes voluntarios tardaban en llegar.  Hicimos todo lo posible por acelerar la entrega, pero con este retraso como catalizador los participantes comenzaron a sentirse frustrados con nosotros.  Un anciano se quejaba de que la comunidad estaba cansada de estos estudios, cansada de escuchar a infinitos investigadores y voluntarios hablar con la gente acerca de sus desafíos y necesidades, pero sin producir ninguna acción para satisfacer esas necesidades. Él y otros insistieron en que en lugar de los ya demorados refrescos, lo que las personas necesitaban era un pago, una compensación digna por participar en el estudio, que se pudiera utilizar para abordar algunos de los problemas subyacentes que enfrentaban en la vida cotidiana.

Escuchamos con atención; en muchos sentidos, esta expresión sin filtro de sus experiencias y frustraciones diarias nos dio mucha más información que las propias entrevistas.

Una vez que llegaron los refrescos, la enfermera de la comunidad nos dijo que algo que necesitaban con urgencia era una radio para llamar a una ambulancia durante las emergencias de salud. No tenían el dinero necesario para comprar una radio e incluso, si tuvieran una,  el camino traicionero y poco confiable al hospital más cercano --como ya habíamos experimentado de primera mano-- representaba otro obstáculo que impedía que las personas tuvieran acceso a cuidados críticos cuando era necesario.  Las personas de la comunidad y los trabajadores de la salud nos dijeron que en la temporada de lluvias a menudo el camino se volvía completamente intransitable.

Me fui del pueblo ese día reflexionando sobre lo que la gente nos había dicho.  Además, el estudio comprobó que las embarazadas del pueblo eran llevadas por sus madres y parteras al puesto de salud del pueblo en lugar del hospital para dar a luz, debido a los costos de transporte y las dificultades en el camino inseguro.  Esto puso de manifiesto además la necesidad  de un mejor camino.

Unos dos años después, visité Nicaragua para informarme sobre una operación del BID en colaboración con el Gobierno de Nicaragua, que busca pavimentar y mejorar ese mismo camino a Españolina y así conectar el pueblo de una manera confiable con los hospitales de centros urbanos más cercanos, que son Bonanza y Rosita.  Sin embargo, todavía recuerdo la franqueza con la que habló la comunidad. Mi experiencia anterior subraya la importancia de consultar a los pobladores de Españolina y otras comunidades a lo largo de la carretera en la planificación de este proyecto.  Hacer participar a la gente desde el principio, en sus términos, les permite aportar sus propios criterios y visión de cómo quieren beneficiarse de esta inversión.

En proyectos viales recientes financiados por el BID, el Ministerio de Transporte e Infraestructura de Nicaragua ha acumulado experiencia en consultas a la comunidad, que ha dado forma a los diseños de los proyectos. Trabajando con este proyecto vial en pos de un proceso participativo para la comunidad, espero poder volver a Españolina un día para asegurar a esos miembros tan francos de la comunidad que escuché sus inquietudes.  Voy a tomar medidas con el equipo de proyectos viales para maximizar los aportes de la comunidad y adaptar el diseño a sus necesidades de un camino que permita llevar de forma rápida y segura a las embarazadas, y cualquier persona que necesite atención, a un hospital o centro de salud.

Fue una lección de humildad. Como especialistas en desarrollo, tenemos que aprender a escuchar, y escuchar para aprender.

* Antropóloga social

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