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En 1955, Anastasio Somoza García declaraba en El Gran Diario que iba a la reelección “con la seguridad del triunfo porque he desintegrado al Partido Conservador”. Reflexionando sobre esta afirmación, Manolo Cuadra (1907-1957) opinó si era cierto que el dictador había aplacado al pueblo, no lo había destruido. Al día siguiente, aludiendo a la administración Somoza, reconocía: “Vemos la sólida obra material del Presidente; verificamos su dinámica; su humanamente explicable ambición faraónica de perpetuarse en la memoria de los hombres a través del hierro y del cemento; obras en las que, al fin y al cabo, se perpetuán igualmente dos generaciones que dan testimonio de su paso”. Dos meses después, Manolo puntualizaba:

“Los nicaragüenses verborrágicos, pantomímicos, emocionales y retóricos, hemos dejado retoñar a un solo Gobierno durante casi un cuarto de siglo. Somoza ha probado saber colocarse más allá de la órbita de sus obligaciones y librarse de toda poderosa jurisdicción popular. Nos ha dado el drama y la comedia, el pan y el palo, el gemido y la carcajada, el veneno y el vino, la lata y el plomo. Pero en este inmenso teatro político no hay coro, solo protagonista. Él es el protagonista y somos nosotros quienes lo han permitido. Lo que él hace, siempre estará en relación con lo que nosotros no hacemos.”

Crítico acérrimo de la gestión gubernamental de Somoza García, Manolo denunciaba: “No son pocos los desaciertos cultivados por este régimen con primorosidad de orfebrería y entusiasmo monstruoso”. Pero, en algunas ocasiones, no le achacaba la culpa, como en el caso del alto costo de la vida que se dio en 1955, pues señalaba a “los verdaderos hambreadores del pueblo, toda la clase capitalista y terrateniente e industriales”.

Lejos de ser sectario, Manolo reconocía los éxitos políticos de Tacho en el ámbito centroamericano, exceptuando su confrontación con José Figueres (“un chiquitín enérgico, respaldado por un pueblo culto”): “Somoza, liberal, mantuvo quieto, tras sus fronteras hondureñas al peligroso dictador conservador [Tiburcio] Carías. Consiguió la neutralidad de [Maximiliano Hernández] Martínez, el adusto déspota salvadoreño y luego la indiferencia de [Oscar] Osorio. En Guatemala se hizo temer de [Jorge] Ubico, ese Savonarola de hierro y hielo; capeó las peores tormentas empujadas por [Juan José] Arévalo, el espiritualista; y arrolló a [Jacobo]Arbenz, el marxista de gabinete, cooperando al establecimiento de un régimen guatemalteco [el de Carlos Castillo Armas] que se parece al suyo como dos gotas de agua”.

Manolo creía que la dictadura somocista no se remontaba a la toma de posesión presidencial de su fundador el 1ro de enero de 1937, sino a su nombramiento como jefe director de la Guardia Nacional el 2 de enero de 1933. Su posición era muy clara: “El General Somoza inició su carrera hacia la dictadura desde el 21 de febrero [de 1934], en que desobedeció al presidente [Juan B.] Sacasa. Desde entonces no mereció los aplausos, ni los Tedeums, ni los Arcos Triunfales, ni las actas laudatorias, ni los votos de confianza, ni las condecoraciones, ni el reconocimiento del Congreso, ni el acatamiento a sus absurdas imposiciones a la Corte Suprema de Justicia, instrumento que ha venido a ser un verdadero corte a la justicia. Desde entonces Somoza debió haber sido atacado en nombre de la Ley, perseguido en nombre de la Justicia”.

No obstante, ejerciendo la apoliticidad de la inteligencia, Manolo Cuadra llegó a sostener esta verdad: “Solo hay tres nombres verdaderamente históricos en Nicaragua: Darío, Sandino, Somoza.” Por algo, a mediados de los cincuenta —observaría Humberto Belli— “había cobrado estatura continental”. Y a un testigo de la época —otra vez Manolo— se le debe esta apreciación: Tacho “se hizo necesario a Roosevelt, adormeció a Truman, ha mantenido a Eisenhower en favorable actitud de tolerancia y, aunque no ha hecho público, porque la noticia parecería increíble, espontáneamente, como Embajador Continental de Buena Voluntad, visitó a Perón para canalizar la energía de este gaucho acicalado, pero indómito a un campo de buenas relaciones con los Estados Unidos. Somoza triunfó también”. En efecto —añade— “después del viaje de Somoza a la Argentina, las relaciones de este país con los Estados Unidos, se volvieron cordiales. Vinieron los acuerdos, las tácitas concesiones, y la visita de Milton Eisenhower —un académico— suprimió las diferencias tácticas entre el yanqui democrático y el gaucho nazificado, tendiendo un puente entre la estatua de la Libertad y el Obelisco de Evita”.

 

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