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“Me llamo Jhovanny y tengo 32 años. Mi padre se dejó con mi madre cuando yo tenía un año, se fue a los Estados Unidos y nunca lo volví a ver. Siempre pensé que se olvidó de mí, él me hacía falta, pero sentía que no le importaba, me sentía solo porque quería estudiar y no podía.

Yo crecí con mi madre y mi hermana, pero mi madre no tenía recursos para pagarme los estudios, ella lavaba y planchaba, y como mis abuelitos estaban enfermos, tenía que atenderlos a ellos y a nosotros, no le alcanzaba para comprarnos ropa ni menos para mandarnos a estudiar.

Mi madre se volvió a casar, pero mi padrastro la golpeaba y también fue malo con nosotros, nos pegaba con fajas  o con alambre de luz, era drogadicto, consumía cocaína, piedra y marihuana. Me enseñó a robar y a consumir drogas desde que tenía 14 años. Mi madre lo aguantaba porque le tenía miedo, él le decía que la iba a matar si lo denunciaba o lo dejaba.

Cuando yo tenía 16 años, mi padrastro cayó preso por violación y robo, estuvo diez años preso, salió y quiso volver con mi madre, pero cuando la volvió a golpear ella lo denunció y él huyó a Nueva Guinea y nunca más lo volvimos a ver.

Desde los doce años comencé  a participar en las pandillas de mi barrio, a robar, consumir drogas y  a usar pistolas nueve milímetros y 38 que conseguíamos en el mercado. Tres veces caí preso y dos veces fui herido de un balazo en el pie y una puñalada en el pecho. Llegué al hospital a punto de morir, pero me salvaron a tiempo porque la herida llegó un milímetro antes del corazón. En esas tres semanas en el hospital pensé que tenía que cambiar, al salir me alejé de la violencia por unos cinco meses, pero luego por la falta que me hacían las drogas y la presión de mi pandilla volví a caer.

Estuve diez años en las pandillas hasta que llegó el Ceprev a mi barrio, comenzaron a trabajar con los jóvenes y las familias y nos invitaron a participar en sus talleres. Esa fue la oportunidad para aprender que el machismo nos arrastra a los jóvenes a andar en las pandillas y en las drogas,  y que el machismo de mi padrastro nos hizo infelices a mi madre y a nosotros,  pero también lo destruyó a él mismo que terminó baleado y en silla de ruedas.

Si el Ceprev no hubiera llegado en esos momentos, hubiera más muertos en mi barrio porque a nadie más le interesó darnos esas charlas que ayudan a cambiar. Allá los pleitos de pandillas se calmaron, hay más seguridad porque siempre nos vistan y los jóvenes confían en esta organización. Lo único que continúa son las ventas de drogas porque los vendedores casi nunca caen detenidos y cuando caen, salen ahí nomás.

A mí me costó dejar las drogas, pero lo logré. Creo que las drogas empujan a mucha gente a matar, a robar y a violar, pero es una venta fuerte, mueve mucho dinero a costa de la vida de los jóvenes. El narcotráfico utiliza a los jóvenes para pasar la droga a Nicaragua y los utiliza para el narcomenudeo adentro del país. Muchos se sienten presionados a consumirla y a venderla, y se hace difícil escapar de eso.

Los dos negocios, el de armas y el de las drogas  se aprovechan de la pobreza y el desempleo. Por ejemplo, si uno no tiene trabajo, pero tiene una pistola puede resolver los problemas de su familia. Yo llegué a robar para comprar ropa y leche a mi hijo, pero con las charlas del Ceprev aprendí que ese no era el camino porque me podían echar preso o matar y dejar a mi hijo sin padre.

Ahora trabajo en construcción, estoy separado de mi pareja, pero soy responsable con mis tres hijos. Los veo cada quince días, les compro alimentos y ropa, los beso, los abrazo, me los llevo al zoológico, hago con ellos lo que yo nunca tuve.  En el Ceprev aprendí que es importante ser amoroso con los hijos, porque yo por la falta de amor de mi padre sufrí todo el tiempo y llegué a caer en lo peor.

* La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio

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