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Tras 20 años de negociaciones, seis potencias mundiales (Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) alcanzaron un acuerdo con Irán para limitar su actividad nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales.

El acuerdo de Viena, es en sí mismo, otro signo del profundo cambio que atraviesa Medio Oriente. Hasta 2011, el principal conflicto en la región enfrentaba a los aliados de Estados Unidos y los aliados de Irán.

El pacto fue recibido de formas muy diversas a lo largo y ancho de Medio Oriente. Israel y Arabia Saudita son aliados clave para Occidente, y al mismo tiempo son los adversarios regionales de Irán más importantes. Ambos creen que el pacto nuclear los pone en riesgo.

Benjamín Netanyahu, opina que Irán es un enemigo mortal de Israel. Los estados sunitas del Golfo (Emiratos Árabes y Arabia Saudita), perciben a Irán como un vecino peligroso y agresivo.

La suspensión de las prohibiciones sobre las transacciones financieras que forman parte del embargo internacional, dará a Irán más poder económico. Ello provocaría un reforzamiento de su voluntad de situarse como defensor de las comunidades chiitas, estén donde estén y provocar que los reinos sunitas del Golfo (liderados por los sauditas) respondan de igual forma.

Los conflictos en lugares como Irak y Siria, pueden verse como parte de la creciente confrontación entre los seguidores de las dos principales tradiciones del mundo islámico, la sunita y la chiita.

Actualmente, las posibilidades de que la Cámara de Representantes y el Senado aprueben el acuerdo, parecen remotas. Sin embargo, eso no compromete gravemente su aplicación, ya que el presidente ha advertido, que interpondrá su veto a cualquier resolución opuesta.

En esta apuesta, Obama se juega que el logro más relevante (junto a la normalización con Cuba) de política exterior quede empañado, no por falta de consenso, sino por una brutal fractura que rebasaría las fronteras del bipartidismo.

Otra gran fuerza de resistencia proviene de monarquías petroleras de Oriente Próximo como Arabia Saudita (con fuerte rivalidad con Irán). El Primer Ministro de Israel,  Benjamín Netanyahu, se aprestó a hablar de “error histórico” dejando claro que su Gobierno no se siente comprometido por un acuerdo. Una forma de combatirlo será poniendo a trabajar al límite al influyente y multimillonario lobby judío norteamericano.

El único país con un arsenal nuclear de la región (no reconocido oficialmente) se opone a un acuerdo destinado a evitar que su enemigo se convierta también en potencia atómica, esa es la paradoja.

Es improbable que todas estas poderosas fuerzas, puedan frenar la aplicación del acuerdo recibido casi a nivel mundial como una oportunidad histórica de reconciliación y de freno a la proliferación nuclear, con consecuencias positivas para la estabilidad en la zona, que brinda la oportunidad de una acción coordinada para combatir el Estado islámico.

Pero hay indicios de que los países más próximos a Irán y también interesados en destruir su programa nuclear, habrían permitido el uso de sus territorios. No obstante, los israelíes son muy conscientes de estas dificultades. Si hubiera sido posible atacar, los israelíes lo habrían hecho.

Será la ONU, a través del Organismo Internacional de la Energía Atómica, quien tendrá encomendada las inspecciones, aunque sin una incondicional carta blanca, ya que Teherán ha obtenido cautelas con las que afirma defender su carácter de país soberano, no sometido.

La república islámica (80 millones de personas), ha resistido sin doblegarse 35 años de hostilidad norteamericana y su economía, aunque con apuros, ha sobrevivido a las sanciones sin desmoronarse. En el mundo creado por el acuerdo, Irán comienza a importar mucho más.

Israel y el lobby judío, deberían entender que la seguridad del Estado hebreo quizá esté mejor garantizada con un Irán que deje de ser un paria internacional y con el que, algún día, debería negociar sin complejos como han hecho los seis en Viena.

*Diplomático, Jurista y Politólogo.

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