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Desde los inicios de nuestra sociedad, la familia desempeñó el lugar fundamental en la educación, organizándose posteriormente la educación escolar como un complemento necesario.

Al correr de los años, de manera particular en las últimas décadas en nuestro país, si bien esta función de la familia es ampliamente reconocida en el imaginario y representaciones sociales de la sociedad, en la práctica la educación que reciben los menores en el seno familiar se ha venido descuidando e incluso distorsionando, hasta el punto de delegar por completo, cómodamente, tal función a la escuela.

Este hecho complejiza cada día más la educación escolar, de por sí débil y de mala calidad, constituyéndose en parte del problema y no de la solución de la sociedad que queremos.

El tema merece ser visto desde varias perspectivas. La familia viene percibiendo la mayor complejidad de la problemática social, económica y cultural que vive el país, a la que se suman los numerosos efectos contradictorios provocados por la globalización y el uso de la tecnología. Tales influencias se presentan como oportunidades de aprendizaje, ante el vacío y perplejidad de la familia que se siente incapacitada para responder a ellas, se convierten en el peor de los casos en graves peligros para los menores.

Este fenómeno acaba envuelto en un círculo vicioso producto del bajo nivel educativo de padres y madres, lo que hace que las familias con menos saberes y valores básicos, fácilmente desistan de su papel clave, endosando la resolución de la problemática educativa de sus hijos a la escuela, la que tampoco se siente preparada para realizar su propio papel.

Este vacío de educación familiar, difícilmente se logrará compensar en la escuela. Y es que la familia constituye, por sí misma, el nicho ecológico natural por excelencia, facilitador del desarrollo integral de quienes la componen, en especial de los más jóvenes. Pero esta oportunidad natural, fácilmente se termina por anular e incluso tiende a convertirse en un entorno nocivo, en la medida que gran cantidad de familias viven envueltas en conflictos y rupturas matrimoniales y, en el peor de los casos, acaban siendo generadoras de diversas formas de violencia intrafamiliar.

En estos casos, los efectos del mejor currículum escolar elaborado, sucumben frente al currículum oculto negativo generado en estas familias. Así, mientras el discurso familiar se limita a brindar consejos a hijos e hijas, su modelaje práctico de valores los acaba negando.

Ante esta realidad la escuela se lamenta sin capacidad para comprender y, en consecuencia, con total pérdida de iniciativa para concertar estrategias educativas claves, capaces de atraer a las familias y proporcionarles herramientas efectivas para una educación de calidad.

Los estudios que se realizan en la región sobre esta problemática, evidencia graves desajustes entre la escuela, la familia, la comunidad y el estado mismo. Mientras la comunidad y su entorno social sufren cambios profundos, la escuela resiste a cambiar su modelo tradicional, sin realizar cambios prácticos que le ayuden a conectar con las viejas y nuevas demandas sociales y familiares. En Nicaragua este estado de cosas muestra brechas aún mayores.

Algunos programas educativos desarrollados por Ideuca muestran que esta realidad de incomunicación entre la escuela, la familia y la comunidad puede cambiar. Tales cambios, sin embargo, no son fáciles, requieren de procesos de formación sostenidos de las partes. Hemos comprobado que cuando padres y madres descubren el significado e implicaciones de sus derechos y obligaciones con la educación de sus hijos e hijas, se comprometen apoyando decididamente la gestión educativa escolar. Sin embargo, también comprobamos que ello reclama de parte de directores y docentes, dosis de humildad y capacidad de escucha para aceptar que el centro educativo necesita de esta participación, fuente de compromisos concienzudos de la comunidad educativa.

La escuela de padres demanda mucho más que la mera transmisión de información. Exige que la cultura hegemónica de la escuela aprenda a dialogar, con fuerte dosis de humildad y transparencia, con la cultura popular, sin imposiciones ni exigencias, comprometiendo a las familias a convertir el hogar en el mejor ejemplo de educación, y tomando acuerdos que conviertan a la escuela en un recinto ejemplar de práctica de los derechos humanos.

*Ideuca

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