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Marzo, 2011. Unos adolescentes pintaban consignas antigubernamentales en el muro de una escuela en la ciudad de Deraa. Fueron capturados por fuerzas policiales; luego torturados. Comenzaron las protestas por las calles de ciudades como Aleppo, Kobane, Homs, Hassakeh, luego se extendieron a todo el país. Esto suscitó una guerra civil en Siria.

La represión contra los opositores fue el detonante. Porque los dictadores no toleran la disensión. No respetan las ideas de los adversarios.

Ha habido más de 190 mil muertos desde entonces; 7 millones de desplazados; 4 millones de refugiados.

Esa misma represión de las fuerzas leales al mandatario Bashar Al-Assad ha propiciado una guerra que no parece tener fin. Siria, un país hermoso, hoy está desolado, ruinoso y despedazado.

Cuando en 2014, surgió la propuesta de que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, intervinieran en Siria luego que el gobernante Al-Assad lanzara gas sobre la población civil y los opositores a su régimen, la diplomacia rusa lo impidió argumentando que ello podría ser peor para todos. ¿Tuvo la razón Moscú y, realmente, se ha evitado un mayorderramamiento de sangre?

El conflicto escaló y siguen muriendo sirios. Pero hay algo muy cierto que cumple con un principio político: “cuando hay un vacío de poder, hay que tomarlo, sino alguien lo llena”. Y eso ha sucedido en Siria.

Pocos meses después que el ejército sirio se vio enfrentado militarmente a miles de ciudadanos armados en todo el territorio, ingresaron a la lucha otras fuerzas no esperadas: Hezbollah, rebeldes yihadistas, kurdos… y lo peor: ahí cogió impulso el Estado Islámico, que en un intento por aprovechar el conflicto que también golpea a la vecina Iraq, estableció su califato, convirtiendo a Raqqah en su centro de operaciones.

Y con el paso del tiempo, Estados Unidos ha apoyado a los kurdos y otros combatientes moderados; Líbano a las fuerzas de Hezbollah; Irán a otros rebeldes yihadistas; Rusia a las fuerzas de Al-Assad; y Arabia Saudí hace lo mismo apoyando subrepticiamente a sus combatientes leales a Riad.

¿Intervención por otros medios, desfachatez o falsa moralidad?

¿Volvimos al punto de partida? ¿Qué ha mejorado desde que Moscú advertía de los peligros de una intervención abierta?

Tal vez se habría dado una regionalización del conflicto; una guerra mayor; incluso, un enfrentamiento entre las potencias; o los líderes regionales: Israel, Irán y Turquía.

Esta guerra de desgaste, como todas, no ha resuelto nada. Pero también queda demostrado que a la diplomacia no se le dio su tiempo. O nadie tuvo buena voluntad, paciencia y cordura. Todos se desesperaron calculando que los rebeldes serían controlados; o que el régimen, eventualmente, caería. Nada de ello sucedió. Y el conflicto ha escalado a niveles impensables. Pero con la advertencia, muy seguro, de la OTAN y Rusia, para que la guerra no exceda el territorio sirio.

Pero, ello será posible solo por un tiempo. Porque los conflictos no se pueden contener. Tarde o temprano rebasan lo doméstico y toda guerra alcanza y desborda fronteras. Es un heraldo funesto.

¿Hasta dónde llegará esto?

Imposible saberlo. Pero son probables algunos escenarios.

Que nada cambie y todo siga igual; 2) que haya una diplomacia multilateral --como la negociaron las potencias con Irán-- para frenar la guerra en Siria, con un plan de desarme, alivio a refugiados, paz y gobierno interino: 3) que Moscú quite a Bashar y ponga a un moderado que negocie con los rebeldes; 4) que Siria se fragmente porque algunos grupos decidan construir su propio Estado-nación (¡en cierta manera ya ocurrió con ISIS!); 5) que una de las facciones opositoras triunfe y se imponga a los demás; 6) que fuerzas internacionales se apoderen del país con el consentimiento de la liga Árabe y el Consejo de Seguridad; 7) que Assad desaparezca por huida, traición o expiración; 8) que se regionalice la guerra.

Ya la guerra diseminó furia, sangre, odio. Siria está desfigurada; tal vez se fraccione. Reconstruirla y restañar sus heridas costará mucho.

Pronto habrá un desbalance de poder en la región, donde Irán (la potencia restaurada por los acuerdos de Viena) podrá engallotarse frente a Arabia Saudí e Israel.
¿Qué pasará con Bashar? ¿Los rebeldes renunciarán a sus armas y se replegarán a territorios controlados? ¿Quién tomará el poder en Damasco convocando a sirios a construir una nación, si entre ellos no se toleran?

Cualquier solución en ese atormentado país solo llegará como iniciativa desde afuera. Los sirios se odian; los que odian se fanatizan y pierden la razón.

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