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A pesar de lo difícil que ha representado para el presidente Barack Obama el manejo de la compleja política exterior de la primera potencia mundial, los últimos meses han mostrado el éxito producto de la perseverancia y la paciencia de los estrategas diplomáticos norteamericanos. Primero fue el sorpresivo anuncio a finales del año pasado sobre el inicio de la normalización de las relaciones con Cuba, después de más de 50 años de un aislamiento político y económico que no dio resultados y más bien sirvió de justificación al régimen de la isla para culpar a los Estados Unidos por el fracaso de su revolución.

Poco a poco se ha ido avanzando y la bandera de Cuba ya ha sido izada en su sede diplomática en Washington, gesto simbólico que debería conllevar progresos significativos hasta el levantamiento del embargo económico, lo que quizá ocurrirá una vez concluidas las elecciones generales en noviembre del 2016 en los Estados Unidos. Habrá que ver si a cambio de la apertura norteamericana, el régimen de los hermanos Castro inicia una transición que permita el respeto a los derechos humanos, libertades ciudadanas, libre movilización y nuevas formas de normas que permitan el desarrollo de un sector privado que, tarde o temprano, podría ser el dinamo necesario para que las exigencias de avanzar hacia la democracia, sean una realidad.

El otro asunto que ha significado un triunfo de la diplomacia norteamericana, ha sido el histórico acuerdo que --en teoría-- compromete al gobierno de Teherán a que la amenaza de construcción de la bomba atómica no se materialice, como se hizo público luego del acuerdo por los cancilleres John Kerry y Mohamad Yavad Zarif (a pesar de no mantener relaciones diplomáticas desde 1980, después del secuestro en la embajada de EE.UU. en Teherán) y superando altibajos en dos años de tensas negociaciones que involucraron a otros actores internacionales, especialmente los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania.

Según analistas internacionales, los acuerdos logrados comprometen a Irán a reducir su programa atómico durante 10 años. A cambio se levantarán poco a poco las sanciones económicas que aplica Naciones Unidas y que vetan en la actualidad la venta de petróleo y aíslan financiera y comercialmente a Irán del resto del mundo occidental.

Al igual que los avances logrados entre los Estados Unidos y Cuba, ambos acuerdos deben gozar del apoyo en el congreso norteamericano en donde el presidente Obama deberá enfrentar a sectores del partido Republicano --que dominan ambas cámaras-- para materializar y sellar definitivamente el triunfo del diálogo y la diplomacia por sobre la confrontación.

Mientras se avecina el obstáculo en el Congreso, el presidente Obama ha demostrado que a través de la inteligencia se logra más que con la fuerza, y que como dijo Einstein: “Para lograr resultados distintos, no se puede seguir haciendo lo mismo”, aplicando esta máxima, a la diplomacia.

En el caso de Nicaragua y de América Latina, la diplomacia norteamericana del presidente Obama ha sido más bien tímida --con excepción de la jugada de Cuba y la iniciativa de apoyo al denominado Triángulo del Norte--, pero en la agenda con Nicaragua, algunos asuntos bilaterales han funcionado ejemplarmente --como la lucha contra el narcotráfico y la migración ilegal, entre otros--.  Esperemos sí, que --el otro asunto de nuestra agenda desde hace varios años-- y con todos los avances relativos a las propiedades confiscadas y que han reducido sustancialmente dichos casos gracias a la diligencia de la Procuraduría General de la República, se cierre definitivamente ese capítulo de la agenda bilateral y se muestre en su esencia, el pragmatismo de la nueva diplomacia de los Estados Unidos.

*Presidente de AmCham.

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