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El asedio de las maras o pandillas en El Salvador, además de poner manos arriba a la mayoría de habitantes de ese país, está sumiendo en riesgos peligrosos a Centroamérica, que poco a poco ha venido avanzando en estabilidad e integración desde la década de 1990, tras superar las secuelas de las guerras civiles de los años 80.

Si la violencia sigue escalando en El Salvador, donde los pandilleros han matado esta semana a siete conductores de buses para imponer por la vía criminal un paro de transporte, Centroamérica podría quedar dislocada comercialmente, porque se dificultaría o se suspendería en ocasiones la circulación terrestre de vehículos de carga y de pasajeros desde Panamá hasta Guatemala y viceversa. Las consecuencias de un escenario así, serían enormes en términos sociales y económicos.

Los negocios, en especial el comercio y el turismo, serían afectados de inmediato. El intercambio comercial intrarregional en el istmo supera los US$8 mil millones y los países que más exportan en el área son Guatemala y El Salvador, los que juntos abarcan más de 55% de este mercado, hasta hoy el segundo destino más importante de todas las exportaciones centroamericanas.

En cuanto al turismo, el plan estratégico de desarrollo 2014-2018 pretende que los países del Sistema de Integración Centroamericana (SICA) se vuelvan “un multidestino”, para que los turistas circulen dentro de la región atraídos por una oferta variada. De allí el slogan con que el istmo se promueve turísticamente a nivel mundial: “Centroamérica, tan pequeña… tan grande”.

En el ámbito social, la creciente inseguridad en El Salvador afectaría tanto a los habitantes en ese país como a los de algunas naciones vecinas, en este caso por los desplazamientos de población que suelen darse debido a las amenazas de las maras, lo que también deriva en cierta inestabilidad y tensión en las fronteras.

Una nueva diáspora salvadoreña podría estarse gestando. Un indicio de ese fenómeno parece ser la aparición, en Managua y en algunas ciudades de la región norte nicaragüense, de negocios de comidas típicas de aquel país, como las pupusas, elaboradas por familias salvadoreñas que han emigrado en busca de un país más seguro.

Viendo la dimensión del problema de inseguridad que sufre El Salvador, nos percatamos que Nicaragua es en realidad un país bastante seguro. Ideal sería que todo el istmo centroamericano gozara de un nivel de seguridad óptimo, como el de la nación nicaragüense, porque la violencia en cualquiera de estos pequeños países termina afectando a sus vecinos, en lo social o lo económico, aunque a unos más que a otros. Por tanto, la integración de Centroamérica tiene que ser, también, una plataforma que dé mayor seguridad a toda la población del área.

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