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El 23 de julio, diez años después de su aparición, fue presentada de nuevo la trilogía antológica de Julio Valle-Castillo: El siglo de la poesía en Nicaragua (Managua, Fundación Vida, 2005). Durante el acto, verificado en el auditorio Pablo Antonio Cuadra, intervino Marcela Sevilla Sacasa, quien reconoció el indiscutible valor de esta obra al igual que el trabajo editorial de Francisco Arellano Oviedo, a uno de los ilustradores de las portadas ––Alejandro Aróstegui–– y a las familias de los artistas Rodrigo Peñalba y Armando Morales, autores de las otras dos portadas.

Pero el supremo esfuerzo de Valle-Castillo no está exento de inexactitudes. Una de ellas es el título de la trilogía: no es el siglo, sino cien años los contenidos examinados: de 1880 a 1980. Además, en una entrevista televisiva, su autor tuvo un lapsus al afirmar que careció de comentario alguno en nuestro medio. Pero al menos suman cuatro las reseñas que se han publicado: las de Isolda Rodríguez, Octavio Robleto, Nicasio Urbina y la mía, aparecida en La Prensa Literaria (4 de marzo, 2006). A continuación, la reproduzco.

Verdadero acontecimiento literario constituye la aparición de esta magna antología en tres tomos (I. Modernismo y Vanguardia: 1880-1940; II. Posvanguardia y promoción del cincuenta: 1940-1960; y III. Neovanguardia: 1960-1980), que abarcan 2,008 páginas. Su autor continúa los aportes de sus predecesores inmediatos: empeñados en una similar tarea canónica. Hablo de las obras Nueva poesía nicaragüense (1949) de Orlando Cuadra Downing, 100 poemas nicaragüenses (1963) de Rolando Steiner y Antología general de la poesía nicaragüense (1984 y 1994) del suscrito. Sin la última se eligieron 500 poemas de 127 poetas, Valle-Castillo difunde casi un millar de textos de 81 poetas. Tres criterios selectivos aplica: la excelencia estética, la heterogeneidad temática y la representatividad de los poemas en la obra de cada autor. Periodiza, con una categorización específica, cada uno de los tomos, no sin contextualizarlos históricamente.

En los rigurosos estudios preliminares, Valle-Castillo resume trabajos suyos anteriores (entre ellos su antología de poetas modernistas) y los proyecta desde una perspectiva más amplia, en concreto: latinoamericana. Así entrega una obra acabada. Casi no se le escapa ninguna fuente bibliográfica indispensable y dedica una semblanza biográfica justa a cada poeta, suministrando sus datos precisos y relevantes. Por primera vez, se dan a conocer los nombres del padre y madre (ausentes en el caso de Ángel Martínez Baigorri) de los autores.

Personalmente, poco tengo que objetar en los dos primeros tomos. Si bien omite a poetas de sostenidas obras publicadas como Alfredo Alegría, rescata a poetas como Eudoro Solís y Santos Cermeño, entre otras muchas valoraciones. Sin embargo, en el tercer tomo --no menos valioso-- Valle-Castillo otorga algunas concesiones a la amistad y al poder (incluye figuras de relevancia política sin obra en verso); explicables e inevitables en nuestro medio. Él, seguramente, las defenderá con entereza. Lo cierto es que vulneran su tercer criterio antológico. Se trata de la inclusión de un poema inédito: la extensa “Cabalgata por España contemporánea”, de Iván Uriarte; y de la intrusión declarada de Francisco de Asís Fernández, quien suministró su propia selección (de factura reciente). En todo caso, ambas debilidades se diluyen en el conjunto y entre la vastísima cantidad de poemas.

Entre ellos figuran no pocas traducciones: “no solo por lo que significan en las relaciones literarias --señala Valle-Castillo--, sino por lo que tienen de apropiación y reescritura, intertexto”. Curiosamente, el autor más admirado por los poetas surgidos en los años sesenta no fue ningún norteamericano sino el francés Jacques Prévert. Michèle Najlis, Iván Uriarte, Rosario Murillo, Pablo Centeno Gómez y yo acometimos sendas versiones del autor de Paroles.

Otra novedad de esta trilogía es la incorporación de piezas en prosa --esencialmente poéticas-- que redondean la personalidad y completan el mundo de los principales poetas. En realidad, nadie estaba más preparado que Julio Valle-Castillo para ejecutar este baluarte de nuestra cultura, definido por él como “un fenómeno, tan individual como colectivo, excepcional en la lengua común de España y América”. Pero, desgraciadamente --como lo reconoce-- sus autores son muy poco conocidos en el extranjero --salvo Darío y Cardenal-- y “cada vez menos antologados y valorados por la crítica internacional”.

Finalmente, Valle-Castillo --testigo lúcido e imprescindible protagonista del proceso estudiado-- se autoexcluye de la antología, acción digna de reconocimiento, sin antecedente alguno. Con ello, el antólogo toma distancia en aras de una mayor objetividad.

*Historiador y escritor nicaragüense.

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