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Se llama clásico aquello cuya calidad es tal que es digno de imitarse. Cuando en arte, literatura, música, pensamos en clásicos, acuden a la memoria nombres, obras ilustres.

Son clásicas La Ilíada y La Odisea, atribuidas a Homero. Clásico es el Quijote, obra cumbre de Cervantes y de la literatura castellana. Clásicos son Mozart, Bach, Beethoven.

Fidias y Miguel Ángel son referencias obligadas en escultura, como Caravaggio, Tiziano, Velásquez o Durero en pintura. No habría teatro sin los clásicos griegos.

Una radioemisora nacional anunciaba un programa de música clásica. Hace poco otra solicitaba a sus oyentes llamar para pedir “clásicos de siempre”. ¿Música clásica aquí?

Poco duró la sorpresa. La tal música “clásica” era música ligera que había estado de moda los años 60 a 80. “Clásico” era cualquier cantante o banda musical de ese tiempo.

Podrían hacerse muchos chistes al respecto pero, más bien, esos hechos producen pena. El atraso educativo-cultural de Nicaragua es tal que han reducido lo “clásico” a música de discoteca y roconola. No hay nivel para más.

Posiblemente, un número regular de lectores no sepa quiénes fueron Bach o Durero. Puede que nunca hayan visto ni en fotografías pinturas de Velásquez o Tiziano.

Nacemos prístinos, sin más carga que los instintos desarrollados, tras millones de años de evolución, en el bulbo raquídeo y en los cerebros reptiliano y mamífero heredados.

Toca a escuelas, familias, Gobierno, educar en todo. También en música clásica. La  verdadera, única.

*Experto en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.

 

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