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Tenía que ser así y todos lo sabíamos. Se necesitaba un sacudón de esos para recordarnos que alguien nos sostiene en sus manos. Para echarnos en cara la transeúnte miseria que cargamos y que solo percibimos cuando se convierte en el negro peso del miedo provocado por ese suceso sobre el cual no tenemos dominio.

Todo iba bien este martes. Hasta amaneció más temprano con ese gorjeo alegre de las cinco de la mañana. Con ese resplandor de aluminio --como decía Gabo-- que nos permite ver las hojas que se deben barrer en el patio. Con esas preocupaciones mientras esperas el turno de bañarte, de alistar a los hijos, de realizar las últimas tareas, de preparar el café, de despertarte de una vez con el eco de la alarma. Entonces algo se movió….

Y no era solo la tierra garabateando círculos de adentro para afuera. Lo que en verdad se movió fue la cómoda indiferencia, la despreocupada satisfacción de la básica seguridad carnal que tenemos. Para ese momento, Managua, este cascarón de humores raros, de corazones rotos y flacas esperanzas, se había convertido en el triste y pobre set de “La Guerra de los Mundos”: todos fuera de sus casas, sus trabajos o en las calles, buscando con sus ojos débiles y atolondrados una respuesta del cielo. Todo se detuvo en ese instante.

Nos volvimos, de un segundo a otro, seres espirituales. Un hambre de fe recorrió las bocas de creyentes y ateos. Y nos acordamos que no bendecimos a nuestra familia, que teníamos un padre enfermo o una madre herida, una mujer desperezándose en la cama de su casa o un hijo que en ese preciso momento --6:50 a.m.-- estaba entrando en su colegio.

De inmediato todos posteaban en sus perfiles de las redes sociales noticias de alarma. Otros colgaron por vez primera en sus muros grandes carteles con versículos que daban aliento en momentos de tribulación. Y luego vinieron los infaltables apocalípticos, pero estos no proceden de la raíz de Umberto Eco, sino de ese glorioso pesimismo que ven en todo el fin de las "cosas". Y dijeron que por la proximidad de una fiesta pagana, idólatra, Dios movió apenas un pensamiento y nos atribuló durante tres días. Que recordáramos que el año pasado la señal vino antes con el terremoto de Mateare y después con el incendio del Oriental.

Los apocalípticos son tipos un poco fanáticos y un poco desinformados. Pero no del todo descabellados y por tanto algo necesarios para recordarnos alguna que otra profecía. De modo que este martes volvieron fugazmente, porque para el viernes ya habían desaparecido con el miedo inicial porque una calma nerviosa recobraba los espacios perdidos con la mecida. Los únicos que mantuvieron sus portones cerrados fueron los centros de educación. Una sabia decisión.

Así que al final del día las iglesias se llenaron. Las familias se congregaron. Se repartieron números de emergencia. Se reconciliaron hermanos con odios. Y lo mejor es que incluso los que nunca habían orado, lo hicieron con la voz más diáfana que nunca les había salido de sus bocas, porque este martes, con el sacudón de la mañana, hasta las sangres más escépticas se cuajaron de pánico. Entonces Managua, se acordó de Dios.

*Comunicador nicaragüense.

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