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A raíz de la conquista, la población indígena fue obligada a prescindir de sus ídolos de piedra para aceptar la nueva religión, soterrando sus creencias ancestrales. Mas la mentalidad mítica que la caracterizaba no desaparecería a lo largo de los siglos: sobrevive --unida al espíritu festejador y a la embriaguez ritual-- en algunas celebraciones que remiten a los centros ceremoniales más remotos. Una de ellas corresponde a la fiesta cíclica que los managuas contemporáneos realizan cada primero y diez de agosto.

Sin duda, la memoria colectiva opera entre ellos, especialmente en los sectores marginales de la capital y de origen campesino, simplificando,  deformando, mistificando el pasado común. En sociedades subdesarrolladas como la nuestra, dicha memoria privilegia ciertos lugares preñados de “recuerdos olvidados”, los cuales sirven --como una máquina del tiempo-- para trasladarnos simbólicamente a una época desconocida y compartir una convivencia que ansiamos con rigor, aun cuando ignoramos todo de aquella.

Indagando en la tendencia de fusionar lo sagrado y lo pagano, rasgo de la civilización aborigen, Enrique Espinosa Sotomayor señala que esta memoria se nutre de emociones no siempre constructivas: el odio reconcentrado, expectante. “El rencor silencioso, en acecho, disimulado; la necesidad de revancha, la violencia contenida, la capacidad destructiva en espera” --cito su obra Flechas y Carabelas (1998)--. Pero añade que también se nutre de actitudes placenteras: el goce erótico del milpero, la posesión de un “tuquito de tierra”, la íntima alegría de “estar con la familia”, la lealtad al clan, el intenso comadreo de los mercados, la alegría de las velas enlutadas, “donde los vivos se regocijan en la muerte, con la lógica de una civilización que creemos aniquilada”.

Sin embargo, no es así. La memoria colectiva indígena actúa como poderoso agente de solidaridad social. Los recuerdos que evoca están cargados de afectividad comunitaria, conformando fuentes de comunión cíclica y casi biológica. Tal es lo que traduce, significativamente, el sincretismo de Xolotl --la deidad precolombina del maíz-- con el santo medieval Domingo de Guzmán (Orehuela,  Burgos, 1170-1221) a partir de una fecha indeterminada de la época colonial. Y ese proceso de los managuas, descendientes de los primitivos habitantes neolíticos que dejaron grabadas sus huellas en el lodo volcánico de Acahualinca, tuvo su inicio con la introducción del maíz, hace cuatro mil años, por una corriente migratoria procedente del altiplano de México.

Así se produjo una estacional e incipiente agricultura cuyo fruto constituía la dieta básica de los cazadores y pescadores de los primitivos managuas. Con ello, se suscitó la creación de un culto ubicado en Las Sierritas, precisamente al dios de la gramínea, cuyo “nagual” era la figura de un perro y se vinculaba a la Luna. Esto explica el pequeñísimo can que acompaña a “Minguito” y el barco: reminiscencia de la canoa con que portaban a Xolotl (que dio su nombre al lago Xolotlán) los indios y caciques de las tribus establecidas en la Managua prehispánica, por cierto “al luengo de la laguna”, sumando en 1528 más de cuarenta mil habitantes, según el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez.

Como fue observado por otros cronistas coloniales, los misioneros sustituyeron en Mesoamérica los ritos de los templos --idolátricos para ellos-- en fiestas populares católicas, escogiendo un santo patrono para cada pueblo o ciudad. A Managua --encomienda de servicio en 1548, perteneciente al conquistador Francisco Téllez-- le correspondió Santiago. Así lo indica el obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz en 1751, cuando el pueblo seguía siendo predominantemente de indios, divididos en siete parcialidades, cada uno con su alcalde, un alguacil mayor (o jefe de policía), dos regidores y un fiscal, siendo su población de 4,310 habitantes con los escasos españoles y varios centenares de mestizos y mulatos, regidos por un juez nombrado por el alcalde de Granada.

Para entonces, la mayoría autóctona debió celebrar la “traída” y “llevada” a Las Sierritas de Xolotl–Santo Domingo. En otras palabras, sin rechazar la religiosidad oficial e impuesta de Santiago --cuya imagen se halla esculpida en el frontis de la vieja catedral a los pies de Cristo, montado y blandiendo la espada contra los moros-- creaba una religiosidad propia, popular y sincrética, es decir, mezclando el sustrato o desenterramiento de su tradición precolombina con el culto al fundador de la Orden de los Dominicos, canonizado catorce años después de su muerte.

*Historiador y escritor nicaragüense.

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