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“Me llamo Francisco  y tengo 29 años. No fui un hijo deseado por mi padre porque él le reprochaba el embarazo a mi madre y la golpeaba, pero no logró hacerla abortar. Al momento de que mi madre iba a dar a luz él andaba tomado así es que nací en la casa, con ayuda de una partera.

Mi padre  siempre  me hizo sentir mal; desde pequeño me decía que no me quería, me apartaba y nunca tuve una fiesta de cumpleaños o celebración por mi nacimiento. Llegué a sentir que mi vida no valía la pena, porque mi mamá vivía metida en el mercado trabajando y aunque a veces nos decía que nos quería, yo me sentía completamente abandonado.

Todos los sábados en mi casa era pleito cuando mi padre llegaba con sus tragos a golpear a mi madre o a nosotros. Una vez  intentó tirarnos a mí y a mi hermana a un cauce que había cerca de mi casa, pero mi madre lo siguió y le reventó la cabeza con una raja de leña. Luego agarró un cuchillo y le dijo que si se volvía a acercar se iba a desgraciar la vida porque lo iba a matar.

Cuando yo tenía cuatro años, mi madre se decidió y dejó a mi padre. Ella lavaba y planchaba para darnos el sustento sin pensar que al dejarnos con mi abuela nos exponía a otro gran peligro, porque ella nos golpeaba brutalmente a todos, una vez agarró un tizón, me quemó la cara y me dejó esta gran cicatriz (se muestra la marca en la mejilla y llora).

Yo crecí con terror a esa abuela que también le hizo mucho daño a mi madre, porque permitió que su marido la abusara de niña y nunca le creyó cuando mi madre le decía lo que le estaba haciendo su padrastro.

No sé ni cómo sobreviví a esa infancia. Cuando tenía ocho años, mi madre por fin se fue de la casa de mi abuela y nos fuimos a vivir con mi padrastro. Él supo ser el padre que nunca tuve, nos llevaba frutas o dulces cuando volvía del trabajo, era cariñoso con los cinco hijos de mi madre y por eso fueron los mejores dos años de mi vida.

Cuando cumplí los diez años, ellos fueron a trabajar a Costa Rica y nos dejaron a mí y a un hermano otra vez  con mi padre porque no había quien nos cuidara. Mi padre le daba todo a mi hermano, pero a mí no me dejaba acercármele. Él tomaba mucho en compañía de su hermano y cuando yo tenía once años ese hombre abusó de mí y comenzó una horrible pesadilla que duró mucho tiempo, porque cuando le conté a mi papá me acusó de mentiroso y me golpeó hasta reventarme con un alambre de luz y me estrelló contra el palo de jícaro que había en la casa.

Lo que más me dolió fue darme cuenta nuevamente que no me quería, no sé ni cómo seguí estudiando, pero prefería estar en la escuela antes que en mi casa. Me sentaba en un rincón, y si la maestra me preguntaba algo, temblaba de miedo y me quedaba callado.

Cuando llegué a la adolescencia, me metí a las pandillas y me dediqué a robar, a apuñalear y consumir drogas. Yo sacaba en las calles toda la violencia que había vivido, sentía que las personas que dañaba se lo merecían, así como sentía que yo merecía todo lo que me había pasado. 

La primera vez que un amigo me llevó a un taller del Ceprev tenía 17 años y estaba bien drogado. A  pesar de eso me gustó demasiado el taller porque prácticamente estaba viendo reflejada mi vida. Así comenzó un proceso de tres años, hasta que al cumplir los 20 pude dejar las drogas, la violencia y empezar otra vida.  El  promotor del Ceprev que vive en mi barrio me enseñó que yo valía mucho, que defenderse de una agresión no significaba agarrar un cuchillo o golpear a alguien, sino que las cosas se podían resolver  con el diálogo. En los talleres aprendí a perdonar a mi padre, a mis familiares y a las personas que  me hicieron tanto daño en mi vida.

Puedo decir que ahora  soy un hombre alegre, que mira las cosas en forma positiva, y  que busca soluciones a lo más negativo. Me he dedicado a criar a mi sobrina, a estar con mi madre y a ayudar a mi padre a cambiar. El tío que me abusó purga condena en la cárcel por otros abusos y yo siento paz en mi corazón. También doy charlas a los jóvenes que todavía están en la violencia y en las drogas  y siento que mi vida ha cambiado completamente gracias a mi valentía.”

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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