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Cuando termines de leer esta frase, una persona habrá muerto o sido herida en un accidente de tránsito. Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que 1.24 millones de personas mueren cada año en accidentes de tránsito a nivel mundial, en su mayoría peatones, y ese número aumenta anualmente. Entre 20 y 50 millones de personas adicionales sufren lesiones, muchas terminando en una discapacidad. Solo en los Estados Unidos, los accidentes vehiculares representan una tasa anual de 33,000 muertes, el doble de las muertes anuales por causa de homicidios.

A pesar de que la mayoría de sus países cuenta con menos kilómetros de carretera que, por ejemplo, la India o China, América Latina ocupa el primer lugar a nivel mundial con el mayor número de muertes por accidentes de tránsito. En marzo del 2010, los líderes de la región se unieron a la Asamblea General de la ONU en una resolución en la que se proclamó a los años del 2011 al 2020 como la década de acción para la seguridad vial. Sin embargo, estudios demuestran que el historial de la seguridad en las carreteras latinoamericanas sigue siendo el peor del mundo, con más de 130,000 víctimas mortales y unos 6 millones de personas gravemente heridas cada año en accidentes de tránsito.

Cuando se habla de los desafíos más notables hoy en día en nuestra región, el crimen y la violencia son considerados por muchos como nuestro problema principal. A pesar de los recurrentes titulares sobre noticias impactantes de violencia en la región, los accidentes de tránsito matan a más personas en América Latina que los crímenes violentos. El número promedio de homicidios en América Latina (20 por cada 100,000 habitantes) es menor que el número promedio de personas que mueren en accidentes de tránsito cada año. Para los extranjeros a quienes les preocupa viajar a la región debido a sus altos niveles de criminalidad, y para los latinoamericanos que vivimos en constante temor de ser víctima de un delito, esto puede ser muy sorprendente.

Varios estudios afirman que el error humano es la causa principal de más del 90% de los accidentes en las carreteras. Sin embargo, los conductores y otros usuarios que comparten las calles no pueden asumir toda la responsabilidad por los accidentes de tránsito, especialmente cuando las rutas están mal diseñadas.

¿Cómo podemos diseñar ciudades más seguras?

Nuestras ciudades emergentes necesitan ingenieros, urbanistas y especialistas de transporte que estén equipados para diseñar entornos seguros que reduzcan los riesgos asociados a la movilidad urbana. Un buen comienzo para hacer frente a este desafío es la nueva publicación del Instituto de Recursos Mundiales (WRI por sus siglas en inglés), titulada “Cities Safer by Design”, una “guía de referencia mundial para ayudar a las ciudades a salvar vidas de víctimas mortales de accidentes de tránsito a través de la mejora del diseño de las calles y el desarrollo urbano inteligente”.

Esta guía fue lanzada recientemente durante un panel que incluyó a expertos del Centro WRI Ross para Ciudades Sustentables, el Instituto Brookings, el Banco Mundial y la Iniciativa de Ciudades Emergentes y Sostenibles (ESCI) del BID. Los panelistas exploraron las diferentes formas en que las ciudades pueden implementar y ampliar diseños más seguros que se traducen en una mejor calidad de vida para todos los usuarios del transporte urbano. Los oradores y la audiencia discutieron los diversos componentes necesarios para hacer el diseño de una ciudad más segura, incluyendo la creación de ciudades más compactas y conectadas, que disminuyen la necesidad de conducir, y al mismo tiempo dan prioridad al pedestre y al uso de la bicicleta. Por ejemplo, Ben Welle del WRI señaló que una ciudad densa y transitable como Tokio tiene tasas de mortalidad por accidentes de tránsito de 1.3 por cada 100,000 habitantes, mientras que una ciudad que se extiende hacia las afueras, como Atlanta, tiene una tasa de mortalidad de 9.7 po
r cada 100,000 habitantes.

Entre las recomendaciones principales que se encuentran en la publicación, se destacan: la reducción de velocidad de los vehículos, la instalación de herramientas para disminuir la velocidad del tránsito, el diseño de cuadras más pequeñas y calles más estrechas, la elevación de los pasos peatonales y la instalación de islas para el refugio de peatones. Esta última sugerencia, por ejemplo, proporciona un lugar seguro para los peatones al cruzar las carreteras.

Varias ciudades de América Latina ya han comenzado a poner en práctica este tipo de diseños avanzados de seguridad en sus planes de tráfico urbano. La Ciudad de México, por ejemplo, reconstruyó recientemente su Avenida Eduardo Molina como una “calle completa”, la cual ofrece carriles exclusivos de tránsito, de bicicletas y una mediana central para peatones. Bogotá redujo el número de víctimas mortales por accidentes de ciclistas en más del 45% entre el 2003 y el 2013, mediante la adición de más de 100 kilómetros (62 millas) de ciclovías, mientras que logró duplicar el uso de la bicicleta en su transporte diario. Costa Rica, un país donde las muertes de peatones son la tercera causa más común de muertes en las carreteras, ha llevado a cabo campañas de sensibilización para intentar frenar estos incidentes, a través del uso de los corazones amarillos que designan el lugar en donde un peatón fue atropellado por un vehículo, una imagen desafortunadamente muy común en San José.

Las ciudades intermedias de la región --aquéllas que crecen por encima del nivel promedio-- tienen que proveer algo más allá de simples medios de transporte. El transporte público ya no se trata solamente de formas innovadoras para transportar grandes cantidades de personas a velocidades rápidas, sino que requiere la creación de un mejor acceso a diversas opciones de movilidad con medidas de seguridad más eficientes. Según explicó Ellis J. Juan, coordinador general de ICES, las ciudades emergentes de América Latina necesitan alejarse de la idealización del vehículo propio. Se espera que las carreteras de la región tengan unos 90 millones de automóviles para el 2025, y los usuarios no podrán compartir esas carreteras congestionadas y peligrosas.

Las carreteras inseguras no solo representan una trágica pérdida de vidas, sino que conllevan costos sociales y económicos. Estudios del BID demuestran que la región pierde hasta un 2% del Producto Interno Bruto al año debido a los accidentes de tránsito. Además, la alta dependencia por los vehículos también se asocia a una amplia gama de problemas de salud como la obesidad, la diabetes y las enfermedades del corazón. Tal cómo lo destaca Claudia Adriazola del WRI, “un entorno que es amigable con el transporte público, el uso de la bicicleta y para caminar, ayuda a mejorar la calidad del aire y a fomentar la actividad física y el desarrollo económico mediante el incremento de las actividades comerciales en las calles. Un mejor diseño puede crear ciudades más seguras, más saludables, y más vibrantes”.

Todos sabemos que ciudades más seguras son ciudades más competitivas y modernas. Sin embargo, para crear ciudades más seguras debemos primero rediseñar nuestras carreteras y medios de transporte, para que incluso el peor de los conductores pueda llegar a casa sano y salvo.

*Experto en Estudios Internacionales y Ciencias Políticas. Pertenece a la Iniciativa Ciudades Emergentes y Sostenibles del BID.

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