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Que Alemania sea una vez más la potencia hegemónica del continente ya no es noticia en 2015, es un hecho evidente. Que Francia se comporte como su vasallo, en una relación bastante similar a la del Reino Unido respecto a Estados Unidos, tampoco es primicia política. 

Saldadas las cuentas de las guerras mundiales, Alemania despliega su propio perfil internacional, pero emanciparse y constituir su hegemonía, le obliga a abandonar su autorreferencial universo y asumir responsabilidades más allá de lo nacional. 

Tras la caída del muro, Alemania obtuvo de Francia el plácet para reunificarse. En compensación, François Mitterrand contó con la venia de Helmut Kohl para que esta pasase del marco al euro. Durante la crisis del Sistema Monetario Europeo de 1992, se adoptó la decisión meramente política de continuar sosteniendo al franco francés. 

Pero el tiempo apremia, porque el desafío tiene plazo de expiración y sin cambios institucionales al nivel del momento histórico, en un lustro el euro pasará a ser otro episodio fracasado de la historia monetaria de Europa. 

Francia nuevamente demuestra que, pese a su propensión nacional, prioriza al interés de Europa, consciente de que no hay alternativa y de que es la mejor forma de servirle. 

El impulso político por Europa sigue endeble, solo François Hollande y Jacques Delors demandan la integración política. Pero sin Alemania como aliada, el ímpetu político de Francia perderá brío. De hecho, es dramático para todos, ya que ello pone un punto final al sueño más radical después de la Segunda Guerra Mundial. 

Recordemos que el euro era un diseño político, no un proyecto económico. Se originó de un acuerdo entre el presidente francés François Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl. Aquel, que pidió a este abandonar el Marco y aceptar una moneda común europea, por lo que el destino de Alemania sería integrarse para siempre con otras economías europeas.

Kohl, al igual que todos los líderes de la época (excepto la premier británica Margaret Thatcher), estaba comprometido con la integración europea, aceptó la idea, concordando en que el primer gobernador del Banco Central Europeo no sería un alemán, como hubiera preferido su electorado.

Para los alemanes, abandonar el Marco era un fuerte sacrificio psicológico, después de sus dolorosas experiencias de inestabilidad financiera. Kohl actuó como un estadista europeo, pagando enorme costo personal ante su electorado, algo que hoy es simplemente impensable.

Sin una armonización fiscal y una mayor integración financiera, el esquema del euro era claramente incompleto. Pero en ese momento, todo el mundo pensaba que la moneda común aceleraría automáticamente la integración europea. 

El período marcado por Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Jean Monnet y Robert Schuman ha terminado. En la Unión Europea se ha pasado de Jacques Delors a Jean-Claude Juncker. 

La visión y el idealismo cedieron espacio a los intereses nacionales y a la Unión Europea, ahora se le ve más como una valiosa posibilidad; la unidad tácita para la ampliación a 28 países ha sido impulsada por un solo factor: el dinero.

Aun así, su ideología se muestra impertérrita, en el discurso oficial, “garantizando la paz y la prosperidad del continente, ahuyenta el espectro de la guerra entre las naciones, defiende los valores de la democracia y derechos humanos,” etc…  

Europa se arriesga a convertirse en un laberinto sin salida, el imperio de la moneda única ha sido tan adverso para los Estados del sur de Europa, como ventajoso para Alemania, garantizando la ventaja competitiva de la industria alemana frente al resto de Europa. 

Los sondeos develan que la adhesión a la Unión Europea ha declinado en los últimos diez años. En el clima político, la mutua desconfianza prevalece entre los socios. Lo más grave es que los pueblos de Europa ya no se guardan confianza, tampoco Francia y Alemania; y con el corazón franco-alemán minado el declive de Europa es ineludible. 

*Diplomático, jurista y politólogo.

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