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En el siglo XXI estamos viendo avances tecnológicos sin precedentes en la revolución digital. Muchos niños y jóvenes se han convertido, o podrían convertirse, en “screenagers”. Es decir, niños y adolescentes que pasan muchas horas enganchados a las pantallas. Si en inglés screen significa pantalla y teenagers significa adolescentes, los screenagers son aquellos de entre 10 y 20 años de edad que pasan muchas horas ante las pantallas: televisión, monitor de videojuegos, internet, celular o bien música con auriculares. 

Los padres necesitan pensar en esto si no quieren convertirse en analfabetos en el mundo de los lenguajes, símbolos y habilidades de las nuevas tecnologías. Hay que saber qué hacen los muchachos para poder orientarlos, educarlos y saber qué pasa en sus vidas. Si no profundizamos en ese mundo, se producirá la “ciberfractura generacional”: un abismo en que los hijos no entienden a sus padres porque no hablan su idioma y los padres no saben por dónde van sus hijos ni qué les pasa por la cabeza. 

No se trata de demonizar las nuevas tecnologías que hacen avanzar la economía, la ciencia y la transmisión de información. Pero, para ellos hoy es solo un juego, en realidad un “ocio digital”. Muy atractivo, irresistible, que los atrae de un modo intenso pues los acerca a su grupo, los lleva a paraísos de infinitas posibilidades y de gran interactividad, pero que también los puede apartar de la realidad de cada día. Se los puede tragar la “realidad virtual” y alejarlos de la “realidad real”. Incluso, en algunos casos, los puede llevar a una nueva y peligrosa adicción tecnológica, ante lo que se debe estar muy atento.

Las nuevas tecnologías no son buenas ni malas en sí mismas. Todo depende del uso que se les dé, el tiempo que se les dedique y la capacidad crítica que se ejerza a la hora de saber situarlas en su justo lugar. Los padres deben evitar la tentación del rechazo simplista o, por el contrario, de la exaltación sin crítica de la última novedad. Habrá que huir de cualquier extremismo: ni todo es censurable ni todo es magnífico. Hay que descubrir los elementos que permitan valorar los variados aspectos de las distintas tecnologías con espíritu reflexivo, ajeno a prejuicios. Unas valoraciones que deben tener como meta que los niños y jóvenes sepan aprovechar y disfrutar la tecnología del siglo XXI, pero sin caer en la trampa del exceso, y menos en la adicción.

Educar hoy es más difícil. Hace cuarenta años lidiábamos con cine, pasquines, radio, y apenas empezaba la TV. Hoy la oferta de ocio audiovisual es inacabable. Por eso hay que informarse qué hacen nuestros niños y jóvenes con la computadora, con los walkman, con su celular, con la televisión interactiva. Un buen método es que las nuevas tecnologías sean compartidas en casa: es el modo de criticarlas y valorarlas. Es oportuno tenerlas también en un lugar común. Eso facilita el control del horario, la selección, el uso compartido. Que los padres sean complacientes y con recursos para poseer todos estos artilugios en su cuarto, disponibles a todas horas, no es desde luego lo más conveniente. Pero si ya se hizo, hay que supervisarlo. 

El celular, aunque generalmente no es posible compartirlo, puede vigilarse y al menos comprobar si el chateo permanente no está convirtiendo a tus hijos en adictos screenagers. Hay que romper tal vicio fomentando la comunicación verbal y estableciendo límites. Por ejemplo, deberían establecerse actividades, horarios y sitios donde los celulares deben estar apagados, y especialmente crear espacios de conversación familiar.

*Abogado, periodista y escritor.

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