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Al calor de la evidente crisis económica que desata el derrumbe de los precios internacionales del petróleo y la falta de previsiones adecuadas cuando hubo recursos que parecían inagotables para la Caja Fiscal, el escenario ha cambiado, el dólar se aprecia y el petróleo pierde valor. Las  exportaciones se encarecen  y el Estado, transformado en el motor de la economía, se queda sin plata para sus inversiones.

A lo dicho se suma el encarecimiento de los créditos en el mercado internacional, sobre todo para Ecuador, y nos pesa mucho la ausencia de la transformación de la matriz productiva, luego de ocho años de un gobierno que ha gozado de los mayores ingresos de toda la historia republicana. Con todo eso, la mesa para una grave crisis está servida.

Esta crisis ha evidenciado una desconfianza de importantes sectores sociales  como los pueblos indígenas, que realizaron  una marcha “por la dignidad y la vida”, recorriendo  mil  kilómetros  desde la Amazonia hasta llegar a  la ciudad de Quito, en donde se unieron este 13 de agosto, al paro nacional encabezado por el Frente Unitario de Trabajadores.  

Los manifestantes exigen rectificaciones al Gobierno sobre las leyes de Agua y Tierras, el ingreso libre a las universidades, la derogación de decretos sobre el sindicalismo público y el archivo  de unas reformas constitucionales, analizadas en el Parlamento, que incluyen la posibilidad de la reelección del presidente Rafael Correa Delgado. 

Aunque  algunos sectores de extrema derecha consideran que la salida política sería el derrocamiento del  gobierno de la “Revolución Ciudadana”, antes que ganar la batalla en las urnas. Dirigentes indígenas y sindicales han asegurado  que el presidente Correa debe gobernar hasta el último día de su mandato y que las marchas y protestas sociales no persiguen fines golpistas ni desestabilizadores.  

El mandatario ha remarcado que su gobierno solo “se somete al pueblo, (no) a ningún grupo de poder” y reiteró que, según su criterio, a la oposición solo le quedan mecanismos de violencia para tratar de llegar al poder, pues dijo que en las elecciones del  2017, el oficialismo les ganaría.

Aunque volvió a repetir que no quiere presentarse en esa contienda electoral, Correa, quien gobierna Ecuador desde enero de 2007, justificó las enmiendas que permiten la reelección indefinida. 

No pretendo relativizar las protestas y la necesidad de marchar y ser escuchado, son necesarias, sobre todo en un contexto en el que un gobierno no escucha. ¿Hacia dónde se encamina el brote de protestas e indignación social?

Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de que está frente a una ciudadanía indignada, incrédula, desconfiada, que requiere de mensajes claros y convincentes respecto al cambio de escenario. Sin embargo, el Gobierno sigue insistiendo en la misma ficción creada durante ocho años: “Somos más, hemos refundado el país, hemos hecho una revolución, el país ha cambiado, etc.”.  El modelo basado en la ficción publicitaria se desmoronó el momento en que la crisis nos estampó contra la dura realidad. 

Desde el lado del Gobierno, la estrategia para encarar el paro en lo substancial es  el  diálogo, pero no con los sectores sociales y políticos de oposición, el diálogo ha devenido, más que en un mecanismo para procesar democráticamente los conflictos, en una estratagema política que ha mostrado sus límites para neutralizar el paro.

Por esto mismo el régimen ha recurrido, nuevamente, a la organización de contramarchas, a una profusa publicidad y propaganda para demostrar los logros  de su gestión, que si los hay, haciendo  uso de los medios de comunicación gubernamentales para desprestigiar las movilizaciones opositoras y a la descalificación de estas como “desestabilizadoras”,  “tira piedras”, “golpistas”,  entre otros.

Para que el diálogo sea una realidad tangible, hay que deponer actitudes que traten de minimizar y descalificar a los que piensan diferente y sin cerrarse a la contribución del otro. Un diálogo en donde todos entendamos el nuevo escenario político y económico que vive el país. La autosuficiencia es incompatible con el diálogo. 

*Periodista ecuatoriano.

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