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Según la tradición, el ilustre médico griego Hipócrates de Cos, llamado el Grande (Isla de Cos, actual Grecia, 460 a.C.-Larisa, id., 370 a.C.), descendía de una estirpe de magos de la isla de Cos y estaba directamente emparentado con Esculapio, el dios griego de la medicina. Contemporáneo de Sócrates y Platón, este lo cita en diversas ocasiones en sus obras. Aunque sin base cierta, se considera a Hipócrates autor de una especie de enciclopedia médica de la Antigüedad constituida por varias decenas de libros (entre 60 y 70).

Estudioso de Hipócrates, fue Galeno (Pérgamo, actual Turquía, 129-id., 216), médico y filósofo griego. El pensamiento de Galeno ejerció una profunda influencia en la medicina practicada en el Imperio Bizantino, que se extendió con posterioridad a Oriente Medio, para acabar llegando a la Europa medieval, que pervivió hasta entrado el siglo XVII.

Es de referencia en tiempo y en espacio el Juramento de Hipócrates, hecho suyo también por Galeno. Juramento que ha inspirado a la noble y muy digna profesión de los (as) profesionales de la medicina.

Tal juramento dice en parte: “Por Apolo médico y Esculapio, juro: por Higias, Panacace y todos los dioses y diosas a quienes pongo por testigos de la observancia de este voto, que me obligo a cumplir lo que ofrezco con todas mis fuerzas y voluntad”.

“Mi vida la pasaré y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza”.

“Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí, la suerte adversa”.

De las ejemplares vidas de estos dos pilares de la muy noble profesión de la Medicina, profesión de doctores y doctoras, se infiere que, por sobre todo anhelo, los y las profesionales de la Medicina, deben tener muy en mente el objetivo de que los(as) pacientes les entendamos su mandato, que les entendamos a su receta, que les entendamos a su letra.

Pero la verdad es, queridos médicos, doctores y doctoras, que su letra causa gravísimos problemas a miles de personas, a tal grado de que, según referencias muy bien documentadas, su ininteligible letra ha causado hasta la muerte en algunos casos.

Me permito aportarles una dolorosa experiencia de mi vida: cuando yo tenía once años, sufrí un tremendo golpe en mi ojo izquierdo. Era mi ojo una sola mancha de sangre. Mi tío político, don César Aráuz, me llevó hasta Managua, donde un especialista, un oftalmólogo de apellido Ojeda.

El referido médico escribió su fatídica receta. Ya en Jinotega, don César buscó las medicinas y la cruel y despiadada realidad, fue que en ninguna farmacia le entendieron. ¡Tuvo que ir de nuevo a Managua a que se la copiara a máquina!

¡Ha pasado tanto tiempo y lo que lamento --no tanto por mi individualidad, sino por la sociedad-- es que la letra de nuestros muy respetados médicos, doctores y doctoras, ¡sigue siendo ilegible!

Si los ingenieros, electricistas, empresarios, maestros, profesionales en fin, escribieran como los médicos, el mundo estaría en muy serios problemas y no sabría qué rumbo seguir.

*Licenciado en Ciencias de la Educación, con especialidad en Matemática.

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