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Fue reabierta la embajada de EE.UU. en Cuba después de 54 años. Más de medio siglo --se dice pronto--, durante los cuales hizo cuanto pudo para destruir la revolución cubana.

No pudo. Ni siquiera la autodestrucción de la Unión Soviética provocó la derrota de un pueblo que hizo lo que ninguno para conservar dignidad e independencia.
El secretario de Estado, John Kerry (examigo de la revolución sandinista), asistió en La Habana a la izada de la bandera estadounidense, hecho que simbolizaba la nueva era.

Afirmó Kerry en su discurso que “lo mejor para los cubanos es una democracia auténtica, donde el pueblo elija a sus líderes”. De acuerdo, sin duda, con esa voluntad.
Lo afirmaba el representante del país que más golpes de estado y tiranías ha promovido en este continente y el mundo. Bonitos son los discursos, más definitorios los hechos.

EE.UU. despierta de su sueño imperial. Tras la euforia provocada por el suicidio soviético llegaron las realidades. Tres guerras de agresión --Afganistán, Irak, Libia--, ninguna victoria.

Sin guerras ni invasiones, China ha dado un golpe contundente en la escena mundial. Rusia hace sentir su resurrección. EE.UU. parece aceptar las nuevas realidades.

No hay gratuidad en la nueva política hacia Cuba. Hay que vincular el hecho con el acuerdo nuclear con Irán. Cuba e Irán tenían décadas en la lista de Estados enemigos.

Izar la bandera en La Habana y arriarla en otras partes. Símbolos del nuevo mundo.

*Experto en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.

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