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“No se puede cosechar lo que no se siembra”
Oscar A. Romero

Un grave problema de pandillas o maras, con casi 70 mil integrantes --12 mil en prisión-- y casi medio millón de personas relacionadas, dispersas en asentamientos urbanos y rurales, azota a la sociedad salvadoreña, es capaz otra vez de paralizar el transporte colectivo, sembrar zozobra y destrucción. El país puede alcanzar cinco mil homicidios en 2015, dramática cifra que duplica el promedio de lo registrado hace cinco años; toparía la tasa de 80 víctimas por cada cien mil habitantes.

Las causas del fenómeno tienen origen hace más de tres décadas; lo hecho mal o dejado de hacer ha sido una cadena de desaciertos desde el poder público y privado, en el ámbito político, económico y social sin incidir en la raíz del mal ni con certeza en la reducción de la compleja peligrosidad del fenómeno socio-delictivo que atormenta a El Salvador.

El embrión del problema actual está a principios de la década del ochenta, en la explosión migratoria que la represión militar y la guerra provocaron en la población civil de El Salvador. Miles de familias huyeron fuera, particularmente a Los Ángeles (EE.UU.). Muchos salvadoreños laboriosos, con recursos económicos y formación técnica o profesional, lograron insertarse en aquella sociedad, estudiar, hacer negocio y prosperar, hoy aportan con las remesas familiares el principal rubro de la economía. Otros tuvieron dificultades y fueron rechazados. El gobierno norteamericano, aliado del salvadoreño, sostuvo con apoyo político, militar y económico al régimen; no ofreció a los miles de refugiados la categoría de “asilo político” (como ocurrió con Nicaragua), los obligó a sobrevivir en exclusión, enfrentar rechazo: germen de violencia. Una década después, terminado el conflicto armado (1992), aumentaron las deportaciones masivas (ilegalesy/o con antecedentes penales), muchos jóvenes desadaptados crecieron excluidos en la calle. Regresaban a un territorio en donde no eran bien recibidos, no les ofrecieron opción real de reinserción, el país apenas comenzaba a redefinirse para la paz social en un modelo conservador,oligárquico y tradicional excluyente, con prácticas coercitivas y reactivas.

Allí están los tres rechazos fatales, uno sobre otro, las tres exclusiones inhumanas que tiraron a la marginalidad a miles de salvadoreños; allí se engendraron las pandillas. La primera exclusión es la salida de su país, desarraigados del campo y la ciudad por la represión militar y la acción guerrillera, ahogados por la pobreza y la violencia salen para “sobrevivir”.  La segunda exclusión es no ser acogidos en el lugar donde llegaron a refugiarse, no son recibidos como “asilados”, muchos vivieron al margen del sistema que los rechazó hasta deportarlos de vuelta a la nacionalidad-identidad perdida, al origen que prefiere olvidarlos. La tercera gran exclusión, los miles de deportados que llegan de Estados Unidos, son “basura social indeseable”, la “sociedad establecida” no tiene espacio para ellos, son obligados a agruparse, marginados de la nacionalidad a la que ya no pertenecen.

Identificamos tres características comunes en los integrantes de las pandillas salvadoreñas: i) han sido deportados principalmente de Estados Unidos (y México), ii) provienen de familias disfuncionales, desintegradas por la inmigración, con antecedentes de violencia intrafamiliar, hijos no deseados, prostitución, alcoholismo y/o drogadicción, y iii) pertenecen a un entorno social de pobreza extrema con muchas carencias (materiales y afectivas), como diría Oscar Romero, son la expresión de la “injusticia social”, la exclusión social del sistema. En esa triple exclusión que sigue latente, en las tres características de los integrantes de las pandillas, queda evidenciada la validez del mensaje de Romero: “Hay que cambiar de raíz todo el sistema”.

El capital humano se quedó en el extranjero, regresaron los expulsados, se afectó la principal riqueza nacional, no se ha logrado recuperar la confianza ni se han restablecido los lazos comunitarios para convivir. El camino es largo ante el daño social, humano y moral causado y que las muertes actuales agravan.

Agreguemos dos cuestiones fundamentales que completan la naturaleza explosiva del problema: a) el crimen organizado nacional y transnacional, vio en esa masa descompuesta y descontenta, anárquica y organizada contra todo referente, la oportunidad de utilizarlos sin escrúpulos para obtener beneficio, y b) el Estado salvadoreño, que recibió financiamiento para sostener la guerra, quedó discapacitado para atender el desarrollo integral, incluyente y sostenible, tiene insuficiente carga tributaria con respecto al PIB (15%), institucionalidad débil y reactiva para la salud y la educación pública, la seguridad ciudadana, el progreso socio-comunitario, la atención a los jóvenes y la protección a los más vulnerables…, la riqueza sigue concentrada, los cambios políticos efectivos requieren tiempo --aunque es urgente la prisa--, para modificar la estructura económico-social y promover equidad en el acceso a la riqueza en el país más densamente poblado de Centroamérica, que por el hacinamiento y la escasez de tierra cultivable y habitacional, favorece que afloren los conflictos de convivencia.

*Escritor nicaragüense.
Experto en temas de seguridad.

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