Félix Navarrete
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Anoche soñé que caminaba arduamente por una cuesta árida y espinosa cuya cima chocaba con el cielo. Al pie de esa pequeña montaña me esperaba un hombre de rostro indescifrable, extrañamente tierno, que me extendía sus brazos como que si me conociera desde hace mucho tiempo. Sin embargo, al llegar junto a él,  agónico, y  querer abrazarlo, su figura se desvaneció repentinamente en el abismo insondable de la memoria.  Al abrir los ojos y comprobar que todo era un sueño, lloré como un niño que pierde un tesoro.

No sé realmente cómo hubiera terminado este sueño. Pero me conmovió.  Era la primera vez que soñaba con una especie de amor infinito.

Toda mi vida mis sueños han sido tristes y repetitivos. Demasiados mundanos para recordarlos. Sueño muy a menudo que voy caminando en unos lugares inhóspitos y que nunca encuentro la salida. A veces sueño con la vieja Managua, con edificios derruidos que aún se encuentran en el centro de la capital, con personas que nunca he visto, con episodios de la infancia donde la soledad alimentó mi imaginación y seguramente me convirtió en un hombre nervioso y temeroso del mundo y sus fantasmas. Sueño con mi padre escribiendo en su máquina de escribir Remington, con aquellos espejuelos que parecían dos enormes lupas absorbiendo libros.  Otras veces sueño que me voy en un abismo y que despierto con taquicardia y pensamientos de muerte. O que una jauría de perros quiere mis huesos y me salto muros para preservarme. Pero todos son sueños inconclusos, con mensajes abiertos y absurdos, que en el transcurso de mi vida se han repetido una docena de veces, y a los que no les encuentro ningún sentido, a no ser que me encuentre a José, el hombre de Dios que le interpretaba los sueños al faraón y que obedeció las leyes del Señor hasta sus últimos días. Pero el último sueño ha cambiado mis  parámetros, ha ampliado mi universo espiritual. He llegado a convencerme de que Dios tiene preparado un plan especial para mí, y aunque me ha dejado que lo arme a mi manera, él  insiste en el suyo. Me han explicado que Dios es así: te da libre albedrío  y espera pacientemente. Tiene todo el tiempo a su favor.  Pero tiene un límite. Él  es inmortal y nosotros mortales.

Hace algunos años era impensable que dijera esto.  Mi escepticismo era incorregible.  Aun, hace tres años, no cumplí lo que había prometido.  Le había prometido a Dios un cambio que hice a medias.  Él sabía de antemano  que no cumpliría porque  soy humano, demasiado humano para pretender ser bueno.  Pero su misericordia es infinita, y sé que está dándome una nueva oportunidad para que me rinda a sus pies  y cambie el rumbo de mi vida.

Lo supe esa noche y me lo dijo ese sueño inconcluso. No me lo dijo ningún comerciante religioso. Me lo susurró el Espíritu Santo. Dios me ha enviado señales de humo en medio de la prueba. De repente sentí que todo lo que hecho no ha servido de nada. Y lo peor, que Él me ha sostenido a pesar de mis rebeliones y mis iniquidades. Si Él no me hubiera protegido de todos los peligros y rescatado de todas las  trampas de la vida, de todas las ideologías vacías a las que serví inútilmente, de todas las prioridades absurdas que llenaron mi  agenda de idioteces, estaría muerto o sería un miserable.

Termino con una frase del papa Francisco que sintetiza la importancia de renunciar a este mundo y preservar el corazón. “No importa qué tan lujosa sea tu casa, qué tan nuevo es tu carro o qué tan grande sea tu cuenta de banco… nuestra tumba será siempre del mismo tamaño. Hay que vivir con humildad en el corazón. Nunca vi un camión de mudanzas detrás de un cortejo fúnebre”.

El papa Francisco es claro. Todo aquí abajo es temporal. Todo se termina. Una nueva vida comienza en la eternidad. Ahora entiendo por qué esa noche no abracé a Dios.  Pero sentí su caricia, su amor y por eso voy de regreso a la casa del Padre.

 

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