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Desde Madrid, el 27 de septiembre de 1899, Rubén Darío envió una carta a Francisco Paniagua Prado (1861-1932), director de la revista leonesa El Ateneo Nicaragüense, uno de los órganos del modernismo en Centroamérica. Pues bien, reaccionando ante una opinión en contra suya suscrita por Mariano Barreto (1856- 1927), Rubén escribía: “Estas líneas son para ti y los jóvenes intelectual y personalmente generosos que han salido en mi defensa con motivo de la agresión completamente chorotega del pobre hombre Barreto…” Tal opinión no era otra que el “desequilibrio mental” de Rubén, señalado por Barreto en un artículo publicado en La Patria (núm. 5).

Por eso el autor, hasta entonces, de Azul… (1888, 1890), Los Raros y Prosas profanas (ambos de 1896) especificaba muy adolorido: “No habría querido escribir estas líneas si no me llenara de placer el encontrar una juventud noble y estudiosa —cuya existencia no sospechaba— en mi querido León, que ha sabido que yo existo tan solo dos veces en mi vida. La primera para declararme vago, en mi adolescencia; la segunda para declararme loco, cuando he logrado para mi patria original, algo que está a la vista del mundo castellano” y añadía, aludiendo de nuevo a Barreto: “La opinión que este buen señor tenga de mí, por contraria que sea, no me sume por completo en la más profunda desolación. Me consuela un tanto que Heredia, Gourmont, Rachilde, Félix Feneón en Francia, de Brujn en Bélgica, Lutowlasky en Polonia, William Archer en Inglaterra, y otros escritores de otras naciones, no piensen precisamente lo propio que ese curioso compatriota nuestro”.

La carta citada contenía un reconocimiento al primer brote modernista de Nicaragua (Santiago Argüello, Remigio Casco, los tres Paniagua Prado: Francisco, Nicolás y José María; Juan Rafael Guerra, Juan de Dios Vanegas y Antonio Medrano, el más joven), aparte de un consejo: “La juventud nicaragüense (…) debe ver el ejemplo. Y luchar por hacer patria verdadera, culta, civilizada. Pero no se consigue sin el estudio, la voluntad, el entusiasmo, la decisión. La nueva generación debe barrer con todo lo perjudicial e inútil y fofo que daña a la patria. Los Barreto en literatura corresponden a los otros en política.”

Y concluía: “Dios les ayude en las futuras empresas y en la iniciación de ahora. Y sepan que estoy con esa juventud que hoy me ha dado tan grata sorpresa, después de recibir el ponzoñoso pastel, digo, tamal pisque, con que me obsequia en nombre de la imbecilidad humana, mi famoso demoledor, desde mi ciudad natal.” ¿León, ciudad natal de Darío? Correcto, si la concebimos como su primordial ámbito formativo, porque él no fue culturalmente matagalpino, sino leonés, de cepa y por los cuatro costados.

En relación al proceso de vagancia instruido al poeta en León, a sus diecisiete años, lo rescató Nicolás Buitrago Matus, transcribiéndolo íntegro en su obra “León, la sombra la de Pedrarias” (suplemento de Revista Conservadora, núm. 45, julio, 1964, pp. 325-326).

Realmente, se trata de la segunda instancia o apelación que contra la sentencia de vago —emitida por el juez municipal José Montalván— interpuso el joven Darío el 31 de mayo de 1834.

Decía ese escrito: “Señor Prefecto del Departamento. / He sido denunciado, procesado y sentenciado como vago. Naturalmente, yo no puedo conformarme con una resolución de tal especie, porque, a la verdad ella es infundada, ilegal y hasta inicua, pues desde ninguna manera puede llamarse vago a quien vive bajo el amparo de una madre adoptiva, consagrado al cultivo de las Letras; a quien ejerce el Profesorado de Literatura en el Colegio La Independencia, establecido bajo la dirección del señor doctor don Nicolás Valle, como lo comprueba el aviso que acompaño original; y quien puede vivir en cualquier parte, de su trabajo literario. / Por todo lo expuesto, interpuse el recurso de apelación contrario de la mencionada sentencia para que usted, juzgando con el mejor criterio, se sirva revocarla”.

La sentencia había condenado al joven profesor y conocidísimo poeta “a la pena de ocho días de obras públicas conmutables a razón de un peso por día” (Buitrago Matus, op., cit., p. 325). Declararon a su favor Francisco y Julio Castro, además del doctor Nicolás Valle, quien lo había “visto constantemente consagrado al estudio de las Letras, y aún ha visto sus obras y el juicio de la prensa centroamericana que los ha calificado de sobresalientes”. La sentencia fue revocada el 21 de junio de 1884.

*Escritor e historiador nicaragüense.

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