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En 1978 Deng Xiaoping, sucede al fallecido Mao Zedong, al frente del partido comunista chino. El 90% de los precios eran fijados por el Estado; actualmente, tras la transición económica iniciada por Deng, el 90% se fijan en el mercado. En estos 35 años, China ha vivido un milagro económico. Su renta per cápita en paridad de poder adquisitivo se ha multiplicado por 40 veces. 

China tiene más de 1,300 millones de habitantes; en 1980 su PIB suponía el 2% del PIB global y ahora es de 16%, gracias a ese gran salto más de 500 millones de chinos han salido de la pobreza extrema. Un logro sin parangón histórico.

China orientó su arquetipo al exterior y gracias a sus bajos salarios se convirtió en la fábrica del mundo. No obstante, en la última década, el salario promedio se ha triplicado y el tipo de cambio se ha valuado un 25% frente al dólar, perdiendo su “ventaja comparativa”; necesitando incorporar tecnología y diseño, para diferenciar sus productos.

Con el inicio de la crisis del euro, su principal cliente, impulsó el cambio de modelo a otro basado en el consumo y la demanda interna. Pero este solo pesa el 35% del PIB chino, mientras la inversión supone el 50%. 

Las empresas públicas y el gobierno, optaron por alentar la inversión de particulares en Bolsa, quienes se convirtieron en gestores de alto riesgo adquiriendo las acciones a crédito. 

Ahora la burbuja ha explotado, y la alternativa es devaluar el yuan, reactivar la inversión pública e introducir más crédito en inversiones. Pero hacerlo conllevaría coste social y político, ya que millones de chinos del campo, no encontrarían empleo en las fábricas.

The Japan Times, comenta que la depreciación está orientada a combatir la desaceleración. Los temores no son del todo infundados; reflejan grietas en la segunda economía mundial. Existe sospecha de que esta puede haber entrado en una fase de desaceleración.

The New York Times, considera que la medida china podría suscitar tensiones geopolíticas, mientras Bloomberg evalúa a vencedores (los exportadores chinos) y perdedores: aerolíneas chinas (endeudados en dólares), materias primas (commodities), productos de lujo europeos, especialmente carros alemanes, relojes suizos y accesorios franceses. 

La jugada china, amenaza asfixiar a los exportadores en el mundo, cuyas mercancías serían comparativamente más caras que los productos chinos, lo cual afectaría la manufactura de otros países, incluyendo Estados Unidos y Europa.

El banco central de China, aduce que la devaluación es resultado de las reformas que intentan colocar la tasa de cambio en la orientación del mercado. La Unión Europea y Japón, han obrado igual que China en los pasados dos años al deprimir al yen nipón y al euro deliberadamente. 

De allí que el “timing” de la jugada maestra de China, se asemeje a los teoremas de Sun Tzu. China se moverá cautelosamente y probablemente la devaluación inicial sea el principio de otras que vayan paralelas al alza del dólar.

Algo fundamental a destacar, es el efecto dominó de la depreciación que golpeó a todas las materias primas, incluyendo el petróleo (lo cual beneficia aún más a China, por ser ya el primer importador del oro negro). 

El Banco de China es capaz de estabilizar el yuan; la devaluación es un intento de corregir los desajustes en los mercados reales. Con todo y la fuga de capitales, posee 26 veces más reservas de dólares que el mismo Estados Unidos, las cuales pueden paliar su devaluación. Lo importante es el efecto que producirá el ajuste monetario mientras se controla la economía real. 

A un mes de la visita del Presidente Xi Jinping a la Casa Blanca en Washington, Global Times, rotativo oficioso chino, comenta que la devaluación liberaliza la tasa de cambio basada en las fuerzas del mercado y es conducente para el ingreso a la canasta de los derechos especiales de giro del FMI. 

*Diplomático, jurista y politólogo.

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