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Me llamo Alex y tengo 21 años. Mi papá me dejó botado a los seis meses, así es que puedo decir que no lo conocí. Era miembro del Ejército y lo echaron preso por violar los derechos de la gente. Decía que mi mamá lo había engañado y que yo no era su hijo, pero mi mamá siempre me aseguró que yo era hijo de él, al igual que mis otros tres hermanos.

A raíz del abandono de mi padre, mi mamá se fue a Costa Rica a trabajar para mantenernos a los cuatro hijos. Yo tenía seis años y sentía que me hacía mucha falta su cariño y su calor, porque ella solo podía venir a vernos una vez al año. Crecí entonces con mi abuela y una tía, pero puedo decir que no recibí el cariño de nadie, sino maltratos, porque mi abuela me pegaba con lo que hallaba, tubos, alambres o pedazos de leña. Incluso una vez me tiró una banca y me rajó la cabeza. 

De niño sentí que no tenía familia, me sentía solo y abandonado, miraba cómo mi tía cuidaba a sus hijos y yo deseaba que ella fuera mi madre. Por eso desde los doce años comencé a andar en pandillas, porque ellos me cuidaban y me hacía sentir como si fueran mi familia. Nos íbamos a robar celulares, carteras y prendas de valor. Con eso comprábamos comida, marihuana, guaro y nos juntábamos a drogarnos en un puente.

Casi todos los días nos enfrentábamos con otras pandillas con armas hechizas, machetes, palos y piedras. Dos veces me hirieron, en la pierna y en el pie, pero yo no le ponía importancia porque quería seguir en la calle, me sentía tan desolado que no valoraba mi vida, tenía la autoestima por el suelo y pensaba que daba igual si me mataban.

En esa época sentía que odiaba demasiado a mi padre, deseaba matarlo, pero como no podía me imaginaba que los hombres que asaltaba eran como él y me desahogaba haciéndoles daño. Nunca maté a nadie, pero herí a varios con machete, porque pensaba que eran como mi padre. Yo sabía que él estaba vivo, pero no me interesaba nada de él, igual que yo nunca le interesé.

Cuando tenía 14 años conocí a las sicólogas del Ceprev que llegaban a mi barrio. Cuando viví el primer taller me di cuenta que mi padre había sido machista y que yo me estaba volviendo como él: mujeriego y violento, porque no creía en las personas ni en mí mismo, y que si seguía así iba a terminar muerto o en la cárcel. En esa organización me enseñaron cómo podía salir adelante y superarme, también me enseñaron a recuperar mi autoestima y perdonar a las personas que me habían hecho daño.

Por primera vez quise hablar con mi padre y pedirle que tuviéramos una buena relación, aunque fuese como amigos, pero hasta la fecha nunca quiso darme la cara. Yo lo fui a buscar varias veces a un banco donde trabajaba como guardia de seguridad, pero siempre se me negaba. A pesar de eso ya no le guardo rencor, porque me di cuenta que eso me hacía daño a mí mismo y no quiero vivir con ese odio adentro.

Ahora mi vida es completamente diferente. Me alejé de las pandillas y ya no consumo drogas ni alcohol. Otros miembros de la pandilla cayeron presos y dos murieron. Ahora ya no hay pleitos como antes, pero la Policía actúa con violencia en el barrio. A veces llegan y se llevan a chavalos que solo están platicando o escuchando música, los golpean sin investigarlos y si alguno queda morado o con señas no los dejan salir a las 48 horas, sino hasta que se les quite la marca de los golpes. Está bien que ellos se defiendan si algún chavalo se pone alterado, pero si los jóvenes no están haciendo nada no tienen derecho de golpearnos y ofendernos.

Desde que me alejé de las pandillas quiero estudiar, me van a dar una beca de barbería en el Ceprev y pienso acondicionar mi casa para trabajar desde ahí y apoyar a la tía con la que vivo. Tengo una relación de pareja de cuatro meses y pienso formalizarme y tener una familia con ella. Para mientras estoy buscando trabajo, ayudo a mi tía en los quehaceres de la casa y busco cómo distraerme para no pensar en nada malo. Esta tía me trata con mucho cariño, me aconseja que me supere y le demuestre a la gente la persona buena que soy. Me dice que tengo buen corazón, que busque cómo ayudarle a mi mamá que está enferma en Costa Rica y que siempre ha trabajado para pagarnos la comida y los estudios. Yo también deseo demostrarle a la gente que ya no soy el delincuente que era, porque puedo decir que volví a nacer y que ahora soy otra persona. 

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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