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La tensión en la península de Corea es una recurrencia de 60 años.

Y siempre sucede algo que pone a ambas naciones al borde del conflicto: lanzamientos de cohetes, fuga de soldados, o disparos provocativos de los guardias fronterizos.

En la semana pasada las cosas se tornaron preocupantes. Dos soldados surcoreanos que patrullaban en la zona desmilitarizada, volaron por los aires. Habían pisado dos minas antipersona, supuestamente colocadas por el régimen de Pyongyang. En represalia, Seúl puso unos altavoces a lo largo de la frontera vecinal, en la que hacía propaganda contra el régimen de señor Kim Yong-un.

Las cosas no han parado ahí. Pyongyang reaccionó ametrallando todas las torres de vigilancia del sur, donde supuestamente estaban los altavoces. 2,000 coreanos fueron evacuados a zonas más seguras. A ello se suma que soldados norteamericanos y surcoreanos  han comenzado sus anuales ejercicios militares (¡maniobras provocativas, para los del Norte!). Ello ha enfebrecido y escalado las amenazas de los militares del Norte.

Todo indica que el conflicto de baja intensidad de la península coreana —el último rescoldo de la Guerra Fría—, todavía sigue siendo una herida abierta. Es una amenaza probable que podría desembocar en una gran conflagración, por tener Seúl armas nucleares.

Pero Seúl no está solo en esto. Responde a los intereses estratégicos de China. A Beijing le conviene que haya quienes atosiguen, enerven y amenacen a Washington; y que puedan frenar cualquier iniciativa belicosa de parte del Japón. Después de todo, Rusia y China Continental, a pesar de ser gigantes geográficos, están rodeados de varios enemigos. Y Beijing tiene menos aliados que Moscú.

Corea del Norte vive bajo la monarquía tiránica de la  familia Kim —donde no hay libertad alguna, impera la pobreza, reina el temor, el espionaje, la autarquía. El país está aislado. El tercer dictador, Jong-Un, juega con fuego guerrerista, provocador.

Mientras, Corea del Sur es un país desarrollado, democrático, ejemplar: 12ava. economía más grande del planeta, potencia industrial y tecnológica, cuyo PIB es de US$1,854 trillones, y un per cápita de US$28,338 dólares; Corea del Norte tiene un PNB de US$15.4 billones; y un per cápita de US$621; siendo el país del Sur más pequeño geográficamente que el del Norte.

Es fácil inferir que las dictaduras producen atraso y se justifican diciendo que ellos son atacados por los enemigos de la humanidad: los Occidentales (que incluye a Estados Unidos y la Unión Europea); Israel; los grupos económicos pudientes e independientes y los disidentes que, en casos como el del régimen de Pyongyang, están encarcelados o en campos de concentración. Y, cuando tienen suerte, huyen al exilio.

El punto acá es que cuando los dictadores —rodeados de gigantescos aparatos de seguridad—  desean hacer la guerra, es porque sienten miedo. Un miedo profundo engastado en la paranoia, la desconfianza, la inseguridad, el horror a ser asesinados. La guerra se convierte en una excusa para enarbolar la bandera nacionalista.

En Corea del Norte hay hambre; pero tiene dos millones de soldados  —siendo el segundo ejército más grande del orbe. Y gasta el 40% de su presupuesto en armas.  

Y  el argumento de los militares de Corea del Norte parece tener mucha similitud con los discursos que oímos en los países tropicales: “nos amenazan, quieren hacernos la guerra porque desean destruir esta revolución”.

Algunos dirán que donde se involucra Estados Unidos, aumenta toda posibilidad de guerra. Pero, otro enfoque: ¿Por qué las dictaduras tienden a propiciar la guerra?

El punto es que aunque los eventos sean repetitivos en la península de Corea, no hay garantías de que las cosas nunca escalarán. En cualquier momento todo se puede volver trágico.

Si el tema de las Coreas se lleva al Consejo de Seguridad, el régimen chino vetará cualquier iniciativa. Pero, ¿el asunto podría enfocarse como una amenaza a los países del Pacífico Norte?

¿Por qué tenemos que acostumbrarnos a convivir con estos males o estar seguros de que las cosas no pasarán más allá del nivel de amenazas, vociferaciones, escaramuzas, maniobras? militares.

La humanidad debe actuar. Los conflictos deberían ser monitoreados para alertar y tomar medidas para proteger a los civiles y vulnerables. Y que las naciones no caigan en guerras evitables.  

Ya es hora de implantar mecanismos de diplomacia preventiva: ¿Por qué no instituir organismos internacionales que actúen antes de que los conflictos se salgan de las manos?

También es moralmente necesario acabar con las dictaduras que hacen tanto daño. Pues son perjudiciales y causantes mismas de subdesarrollo, odio, ignorancia y hambre.

*Experto en Relaciones Internacionales.

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