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¿Cuántas veces es más importante no hacer un determinado procedimiento diagnóstico o terapéutico en la atención a los pacientes, cuando no tenemos certeza de la enfermedad que presenta? Sin embargo, casi siempre predomina el deseo de satisfacer nuestro anhelo de éxito en cada caso-paciente tratado. ¿Deseo de resolver y aliviar? ¿Ego? ¿Quizás ambos?

En artículo anterior mencioné la historia del elefante y los tres ciegos, que ubicados cada uno alrededor del animal y tocando la parte correspondiente a cada uno decían: “Es un árbol”, el de adelante; “es una pared”, el de atrás; “es un tronco”, el que tocaba la pata. Análogamente, repetimos esa historia cuando no trabajamos como equipos multidisciplinarios, quienes actuamos en los diferentes niveles de atención: subespecialistas, especialistas y generales. ¿Quién termina perdiendo más? El paciente, y de paso, la economía del país o del propio paciente, en caso de tratarse de atención privada. Pero como toda historia tiene dos caras, en el último caso, quien gana es el mercado o empresario de la medicina comercial.

Tal reflexión viene al caso, a propósito de las noticias recientes sobre gastos/costos en que incurre la Seguridad Social ante el problema de los subsidios y reposos frecuentes que se generan en las diferentes Empresas Médicas Previsionales.

En el 2014, del total de asegurados (725,014) un 13% generó subsidios, con un total de 1.3 millones de días/hombres-mujeres/trabajo/perdidos, reflejándose en dinero la extraordinaria suma de C$232 millones en pago. Para un país tan pobre, es miseria crónica seguir en ese ritmo.

No producir bienes y servicios, que generen suficiente divisas y no tener mayor valor agregado, dependiendo casi solo de postres para la exportación (café, tabaco y ron) nos depara un futuro más incierto que el pasado ya vivido.

Intentando darle vuelta al problema de los subsidios en el sistema de salud --sea privado, público o de la Seguridad Social-- es urgente revisar los Protocolos de Salud Preventiva y de Fomento de la Salud Física y Mental en nuestro país, bajo la premisa que prevenir es mejor y más barato que curar.

Las sociedades médicas europeas y norteamericanas han definido protocolos de intervención en materia de hacer y no hacer cuando nos enfrentamos ante un paciente con un cuadro clínico, psicológico, psiquiátrico, quirúrgico o de somatización. ¿Cuándo prescribir análisis de laboratorio, de imagen y decidir una conducta terapéutica? ¿Cuándo decidir ser conservador y esperar evolución? ¿Cuándo actuar de inmediato? ¿Cuándo ingresar o dejar observando? ¿Cuándo apoyarse con los recursos del nivel primario para el monitoreo y seguimiento? Esas y otras tantas preguntas, que ya existen en los protocolos, y según la evidencia científica deben considerarse para desarrollar un plan de salud justo, humano, equitativo e integral.

Considerando la premisa de la percepción selectiva de los procesos o fenómenos se debe tener en cuenta que es casi imposible consensuar dichos protocolos y definirlos a nivel de políticas públicas, cuando el enfoque se hace desde un punto de vista gerencial/administrativo/comercial vs. gerencial/humanista/equitativo y sobre la base de derechos humanos.

Ambos análisis son antagónicos, pues mientras el primero persigue el lucro de unos pocos, el segundo pretende hacer valer la salud integral del individuo/comunidad como un derecho humano inalienable.

Urge revisar las experiencias positivas de los programas de salud y seguridad ocupacional existentes en la década de los ochenta para fortalecer la prevención y fomento de la salud e higiene y seguridad ocupacional, que permitan adaptar el trabajo al individuo y no el individuo al trabajo, evitando las enfermedades y riesgos ocupacionales/laborales. La experiencia se encuentra a nivel del Ministerio de Salud y del Trabajo.

El reto vale la pena.

*Médico.

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