Carlos Guaipatin
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Hasta mediados del siglo XX quienes sufrían de hidrocefalia morían. Todo cambió en 1955 cuando Casey, el hijo de John Holter, nació con hidrocefalia. En el Hospital de Niños de Filadelfia, el Dr. Spitz, quien llevaba varios años buscando sin éxito una solución a la hidrocefalia, le explicó el problema a John, quien supo inmediatamente que podía solucionarlo ya que en el fondo se trataba de un problema hidráulico. John no era médico, era mecánico y sabía que era capaz de diseñar una válvula que regule la presión intracraneal causada por la hidrocefalia desalojando el líquido extra del cerebro sin peligros.

Es fácil imaginar el furor con el que un padre se pone a trabajar para salvar la vida de un hijo con sus días de vida contados. El primer diseño de la válvula lo hizo la misma noche al regresar del hospital, y a las 3 semanas el Dr. Spitz estaba instalando el primer prototipo en la cabeza de Casey. Lamentablemente el material usado no fue el adecuado y Casey murió. Tan solo una semana después otro paciente sería el primer caso exitoso en recibir la válvula, esta vez hecha de silicona. Desde entonces, la utilización de la válvula Spitz-Holter es un procedimiento rutinario que ha salvado la vida de cientos de miles de personas.

Esta es una historia de una innovación de gran impacto que surgió de una casualidad: cuando la persona que llegó a tener el problema era la misma que tenía el conocimiento para resolverlo. Pero perfectamente podía haber ocurrido mucho antes: el conocimiento para diseñarla existía pero quienes tenían el problema eran invisibles.

¿Cuántos problemas de hoy en día podrían ser resueltos si lográsemos juntar Holters con Spitzes?

La lección es que las soluciones no tendrían que surgir por accidente, como en esta historia, sino por diseño. Podemos atender las fallas de coordinación que limitan el surgimiento de innovaciones, promoviendo, por una parte, la estructuración de demandas sociales y su visibilidad frente a quienes tienen el conocimiento para atenderlas, y, por otra, la intersección de disciplinas que se requiere para generar soluciones. Los puentes entre mundos de problemas y soluciones se pueden construir deliberadamente, como ocurrió en la historia de la silla de ruedas todoterreno.

Aunque la silla y la rueda han existido desde siempre, la innovación de poner ruedas a una silla apenas surgió en el siglo XVII. Sorprendentemente esta “solución” no se desarrolló para ayudar a las personas con discapacidad, sino para quienes cuidaban de ellos, y su diseño se mantuvo durante tres siglos. Solo cambió sustancialmente durante la guerra de Vietnam cuando volvían a Estados Unidos miles de excombatientes con discapacidad física, pero que eran jóvenes, fuertes y estaban organizados. Así, demandaron una silla de ruedas diseñada para ellos y no para quienes los cuidarían. Cuando su demanda se hizo visible, el mercado respondió.

Sin embargo, la silla que sirve a un veterano de guerra en los Estados Unidos no necesariamente es útil para personas con discapacidad en América Latina y el Caribe. ¿Cómo lo sabemos? En realidad, no lo sabíamos hasta que le preguntamos a la gente directamente.

En el 2009, en el Laboratorio de Innovación (I-Lab) del BID lanzamos un “Concurso de Problemas” a través de una web 2.0 en la que, durante seis semanas, cualquier persona podía expresar cuál era el principal problema para la inclusión de personas con discapacidad. El público podía votar por los problemas que consideraban prioritarios. Nuestro compromiso fue financiar la solución para los cinco problemas más votados.

Fanny Quishpe es de Villa Rica, un pueblo en plena ceja de selva peruana, y quedó paralizada a fines de los ochenta durante un atentado del grupo terrorista Sendero Luminoso. Fanny expuso el siguiente problema: las sillas de ruedas tradicionales no sirven en las zonas rurales donde apenas hay veredas y  donde las inclemencias del tiempo convierten los pocos caminos que existen en lodazales infranqueables. Con más de 50 mil votos fue el segundo problema más votado. A través de la misma página web, personas de todo el mundo propusieron soluciones, entre ellos Amos Smith, profesor de robótica submarina del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT), quien no tenía ninguna discapacidad pero sí el conocimiento para diseñar una silla de ruedas adecuada al entorno de Fanny.

¿Qué nos enseña la historia de la silla de ruedas? Nuevamente se trata de un caso de un mercado invisible; hasta la votación, ni el tamaño del mercado ni la importancia del problema, eran evidentes. Al igual que en el caso de la válvula, el conocimiento para generar la solución existía, pero Fanny y otros como ella eran invisibles para quienes tenían la capacidad de diseñarla.

La silla de ruedas y la válvula para la hidrocefalia son ejemplos de lo que se denomina innovación social, un ámbito que ha tomado fuerza en los últimos años. Para nosotros una innovación social es una idea que agrega valor resolviendo un problema social e involucrando en el diseño a los beneficiarios. Es social no solo en su objetivo, sino en su proceso.

*Especialista senior en Ciencia y Tecnología en la División de Competitividad e Innovación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). 

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