Jorge Eduardo Arellano
  •   mana  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Todos los presentes en la Capilla de Ánimas del Panteón de Granada el domingo 23 de agosto --y sobre todo sus familiares-- conocimos las virtudes y los valores que caracterizaron y distinguieron la existencia del doctor Rodolfo Sandino Argüello. Una existencia plena, realizada en todo sentido, que alcanzaría casi 87 años y culminó rodeada del amor de los suyos, de su esposa Janet y de sus seis hijos: Rodolfo Ernesto, Janet del Carmen, José Luis, Juan Carlos, Gustavo Alberto y Pastora Lucía.

“Rodolfito”, como se le llamaba en su Granada natal por ser el primogénito de don José Rodolfo Ubau, era toda una personalidad que tuvo la moderación, el trato caballeroso y el don de gente como normas de conducta. Por eso quienes tuvieron relaciones estrechas con él le respetaron y quisieron. “Para nosotros --manifestó Gloria Gabuardi, codirectora del Festival Internacional de Poesía de Granada,  en el que ‘Rodolfito’ se desempeñó como fiscal de la Junta Directiva-- fue un padre y un gran amigo”. Lo mismo puedo decir yo desde 1966, cuando leyó y corrigió mi primera investigación histórica literaria sobre Juan Iribarren (1827-1864), el canario granadino cantor de nuestra guerra nacional antifilibustera.

Para mí, el doctor Sandino Argüello constituía una asidua fuente de consulta familiar, local, nacional e incluso internacional. Me aclaraba dudas y compartíamos informaciones de interés mutuo en los ámbitos de la historia y la bibliografía nacionales. Por ejemplo, su valiosa colección de folletos encuadernados fue incorporada a la magna obra Nicaraguan National Bibliography, que dirigí durante los años 80 en Redlands, California. Además, sin su colaboración no hubiera registrado, con todos sus datos, más de doscientas tesis de los egresados de la Universidad de Oriente y Mediodía en las carreras de medicina y cirugía, farmacia, cirugía dental y derecho.

Pero no deseo extenderme sobre la sólida amistad que me unió al doctor Sandino Argüello, legítimo representante de una estirpe de abogados honestos, como sus tíos Gustavo Adolfo Argüello y los hermanos Salvador y Justo Sandino García, abuelo del doctor Guillermo Vargas Sandino. Prefiero recordar su trayectoria profesional especialista en derecho del trabajo y autor de catorce obras, iniciadas con el Compendio del derecho del trabajo nicaragüense (1970). Su trayectoria como catedrático a lo largo de 32 años en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Centroamericana y decano de la misma durante dos períodos que sumaron dieciséis años, mereciendo el honor de decano emérito. Su labor en el Consejo Supremo Electoral como notable y vicepresidente entre 1989 y 1995, y en la Corte Suprema de Justicia como magistrado en dos períodos: 1971-79 y 1995-2001. 

En fin, su ejemplar proyección ciudadana e intelectual fue reconocida a través de dos doctorados honoris causa, de su membrecía honoraria en las academias nacionales de Geografía e Historia (2006) y en la de la Lengua (2008), de sus nombramientos como hijo dilecto de Granada (1998) y ciudadano notable del siglo XX (2000). Mas quedaría incompleta esta semblanza póstuma de nuestro deudo (él y mi madre eran primos hermanos) sin evocar su juvenil afición literaria. A él se le debe la primera aproximación crítica del movimiento nicaragüense de vanguardia, cuya copia mecanográfica me obsequiara hace algún tiempo. “El vanguardismo y la poesía actual” le sirvió a su autor como tesis de bachillerato --dirigida por su maestro Ángel Martínez Baigorri-- el premio ECA, o sea, de los exalumnos del Colegio Centroamérica, donde se había bachillerado.

Igualmente, cabe recordar que figura con media docena de textos en la señera antología Nueva poesía nicaragüense (Madrid, Seminario de Problemas Americanos, 1949) y su poemario ya exteriorista Muriendo abril (1954) que todavía rezuma frescura de vitalidad. Para concluir, citaré un breve poema suyo donde revela que el blanco fue su color predilecto. Publicado en el diario Flecha a finales de los años 40, “Rodolfito” lo había olvidado; pero un amigo generacional, Guillermo Rothschuh Tablada, lo conservaba en su memoria, pudiendo rescatarse. Titulado “Eucaristía”, dice: Era un mañana / vestida de blanco, / vestida de blanco / la niña salió / a la blanca calle / que contiene a Dios. // Veintisiete lirios / la niña llevó, / veintisiete rosas / encendidas todas / del más blanco amor. // Era un mañana / vestida de blanco / vestida de blanco / van la niña y Dios. ¿No sería esta “niña vestida de blanco” una metáfora de su alma? Es muy posible.

*Historiador y escritor nicaragüense.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus