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Hace 70 años, el mundo cambió para siempre. Estados Unidos lanzó por primera vez en la historia dos armas nucleares: una contra la población civil de Hiroshima (6 de agosto); tres días después la segunda (9 de agosto) y más poderosa bomba atómica utilizada contra objetivos humanos en Nagasaki. 

Las ciudades tenían casi nulo valor militar. Cientos de miles de personas murieron, muchas sufrieron quemaduras graves y otras fueron víctimas de los efectos a largo plazo del envenenamiento por radiación. 

Tras la derrota de Alemania e Italia y antes de aceptar la capitulación de Japón, Harry S. Truman, presidente de los Estados Unidos, ordenó los ataques nucleares, constituyéndose los únicos de la historia. Con la rendición de Japón, concluyó la Guerra del Pacífico y por ende, la Segunda Guerra Mundial. 

La primera bomba atómica fue detonada el 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, lugar especialmente elegido para hacer la prueba llamada Trinity. Con la explosión y la nube de humo con forma de hongo que esta generó; el físico Robert Oppenheimer, uno de los artífices y director del Proyecto Manhattan, recordó las palabras de Visnú en el texto sagrado hindú Bhagavad-guita: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. 

Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166,000 personas en Hiroshima y 80,000 en Nagasaki, totalizando unas 246,000 muertes, la gran mayoría de estas fueron de civiles en ambas ciudades. 

Siete décadas más tarde, el uso del arma atómica al final de la Segunda Guerra Mundial, sigue dando pie a opiniones divididas. Algunos historiadores consideran que Japón estaba cerca de la derrota y las dos bombas no eran necesarias para acabar el conflicto. 

El rechazo estadounidense a los términos de la rendición, al no garantizar la continuidad de la figura del emperador, prolongó innecesariamente la guerra. Pero Japón ya estaba listo para rendirse antes de los bombardeos.

La alianza militar con el Ejército Rojo se concretó porque representaba la única posibilidad de derrotar a Hitler y a Mussolini, y de liberar Europa. Inmediatamente después del armisticio, los antiguos compañeros de armas nuevamente se convirtieron en adversarios, marcando el comienzo de la guerra fría.

Después de la Primera Guerra Mundial, parecía improbable un enfrentamiento entre Japón, los Estados Unidos y las naciones coloniales europeas, como potencias aliadas contra el colonialismo expansionista alemán en el Pacífico. 

En 1922, los japoneses se sintieron ofendidos por el Tratado Naval de Washington que limitaba el número de navíos que podían poseer, y aseguraba la primacía naval de las flotas estadounidense y británica. Japón se sentía agraviado por el hecho de que las potencias europeas ocuparan territorios dentro de lo que consideraba su esfera de influencia.

El ataque a Pearl Harbor, se llevó a cabo un día después de que Franklin D. Roosevelt autorizara un proyecto secreto, conocido como Manhattan Engineering District, finalmente denominado Proyecto Manhattan.

El papa Francisco recordó a las víctimas: “Este trágico evento se ha convertido en el símbolo del ilimitado poder destructivo del hombre cuando hace un uso equivocado del progreso de la ciencia y de la técnica”. 

Kenzaburo Oe, Premio Nobel de Literatura en 1994 y uno de los intelectuales más respetados de Japón, expresó al periódico francés Le Monde: “Hiroshima debe quedar grabado en nuestra memoria: es una catástrofe aún más dramática que los desastres naturales porque fue provocada por el ser humano”. 

En Los Álamos (Nuevo México), el lugar donde se fabricó la bomba atómica, se sigue realizando investigación para la fabricación de nuevas y supuestamente “mejores” armas nucleares. Washington, estrecho aliado de Tokio después de la guerra, nunca pidió disculpas oficiales por estos ataques. 

El primer ministro japonés (Shinzo Abe), precisó que su país este año presentará ante la Asamblea General de la ONU, una nueva resolución destinada a abolir estas armas. 

*Diplomático, jurista y politólogo.

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