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El mismo día que se celebró la suspensión de la ejecución del nicaragüense Bernardo Tercero, los periódicos que destacaron la noticia en primera plana y a ocho columnas relegaron a una pequeña nota, que casi pasó inadvertida, la muerte por una bala perdida de un bebé de siete meses, mientras era cargada en los brazos de su padre. Un par de semanas atrás había perecido víctima también de una bala perdida en un enfrentamiento entre pandillas, un joven de 15 años en otro barrio de la capital.

La madre y familiares de la niña, destrozados por la pérdida, reclamaron más patrullaje en la zona, pero nadie demandó un mayor control sobre el tráfico ilícito de armas que ha ido en aumento en muchas comunidades de la capital.

En el Centro de Prevención de la Violencia (Ceprev) venimos advirtiendo desde hace tiempo que las pandillas que antes se enfrentaban con piedras o machetes, ahora lo hacen a balazos y que hay demasiadas armas en manos de la población en general. Y no son solamente armas hechizas, sino armas de todo calibre, pistolas, fusiles e incluso subametralladoras. Ciertamente, la Policía Nacional ha emprendido algunas acciones de control y requisamiento que son todavía insuficientes para la gravedad del problema.

Por esta razón, el año pasado el Ceprev desarrolló la campaña “Soy hombre y no quiero armas” durante cuatro meses en diversos puntos de la capital, llamada así debido a que son hombres, y especialmente jóvenes quienes más mueren por la violencia armada, aunque cualquier ciudadano pueda ser víctima de disparos indiscriminados, como lo prueba el caso de la familia víctima del ataque policial en Las Jagüitas.

No es cierto que las armas protegen, las armas destruyen. Todos los estudios evidencian que una víctima de asalto que anda armada tiene más peligro de ser herida o morir que si anda desarmada. Pero su producción y comercio constituyen una de las industrias más grandes del mundo, y los países empobrecidos donde existen conflictos graves como es el tema de las pandillas en Centroamérica, se convierten en un blanco deseado por los traficantes.

Por otra parte el tráfico de armas crece paralelo al de las drogas, y esta es también una razón del incremento del tráfico ilícito en Nicaragua. En muchas comunidades pobres puede ser difícil encontrar una tortillería, pero no lo es conseguir drogas en los expendios que abundan por todas partes.

El Estudio de Gun Policy sobre la  violencia armada, país por país, respaldado por Naciones Unidas, establece que en Nicaragua hay un total estimado de 450 mil armas de fuego y una tasa de 7.8 armas por cada cien habitantes. El número de armas registradas es de 90 mil 133, lo que representa una tercera parte aproximadamente de las armas que circulan en el país. En el mismo estudio se reporta que hay una alta existencia de material ilícito y armas de fabricación casera.

Otro estudio sueco afirma que las armas pequeñas bien podrían describirse como armas de destrucción masiva, en términos del número de muertos que ocasionan, a pesar de lo cual, no existe un régimen global de proliferación para limitar su propagación. De hecho las armas pequeñas matan a medio millón de personas cada año, producen efectos negativos en la salud pública y contribuyen a la criminalidad y la violencia social. Millones de personas quedan discapacitadas o mueren a consecuencia de heridas por armas de fuego, sin mencionar la angustia emocional y el terror en que viven las personas afectadas y sus familiares como resultado de una agresión.

Claramente el uso de armas y la violencia armada tienen una orientación de género, pues hoy día es un factor de riesgo nacer hombre en una región como la centroamericana, donde nueve de cada diez homicidios son cometidos por y contra hombres, en su mayoría con armas de fuego.

De ahí que sea fundamental, acompañar los procesos de control de armas y desarme por parte de los gobiernos que impulsan esfuerzos como el Programa de Control de Armas Cortas y Ligeras (Casac) con esfuerzos educativos y preventivos que vayan formando desde la infancia un rechazo natural en la niñez, pero especialmente en los niños, hacia el uso de armas.

Insistimos en la importancia de evitar la compra de armas de juguete y videojuegos violentos a los niños a la vez que es necesario impulsar diversos programas en escuelas para desarrollar conciencia sobre el tema en la niñez, emprender campañas educativas en los medios de comunicación y desarrollar múltiples iniciativas para ir creando nuevas mentalidades de género en los niños, que separen la masculinidad del comportamiento violento y destructivo.

Nadie quiere morir o que un familiar perezca por una bala perdida. Nadie quiere perder a un hijo víctima de la violencia armada. Pero es necesario comprender que esto es una posibilidad hoy día, a menos que nos unamos como sociedad para emprender un esfuerzo educativo, cultural y organizativo que nos brinde a todos mayor seguridad.

*Directora del Centro de Prevención de la Violencia (Ceprev).

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