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La cancillera Angela Merkel y el presidente de Alemania, Joachim Gauck, tienen un reto ante sí: lidiar con unos 800,000 refugiados que entrarán este año a esa nación.  

Ante esa perspectiva --y lamentables violentos precedentes-- el gobierno alemán ha estado afrontando múltiples protestas y manifestaciones de grupos furiosamente opuestos a la acogida de refugiados.

La cancillera insistió “en la importancia del trato humano y digno para los que buscan asilo”. Y agregó: “No habrá tolerancia hacia aquellos que no estén dispuestos a ayudar”.

Por su parte, el presidente alemán dijo que “los ataques pertenecían a una ‘Alemania oscura’ y dijo que los que estaban involucrados en ayudar a integrar a los refugiados pertenecían a una ‘Alemania brillante’”.

Muchas protestas son organizadas por Pegida, un grupo xenófobo, opuesto tenazmente a las políticas de acogida, apoyo y ayuda hacia los refugiados. Ellos utilizan el eslogan: “Wir sind das Pack” (Somos la masa).

Sin dudas, este asunto es un punto álgido de la agenda europea. Y se está convirtiendo en una bomba de tiempo.

Ciertamente, no todos los refugiados saben comportarse. No todos aprenden a respetar las leyes del país que les acoge, ni aprenden bien la lengua adoptiva. Pero, no por ello merecen maltrato, humillaciones, vejaciones, o ser víctimas de la violencia.

El que se acoja al refugio que Berlín otorgue, tiene también derechos que le protegen.  

De igual manera creo que en los países receptores de refugiados hay gente noble, generosa, y tolerante con aquellos que sufren y fueron perseguidos por regímenes opresivos, despóticos.

Pero también los hay quienes argumentan: “¿Por qué ellos ensucian nuestras ciudades, irrespetan nuestras leyes, cometen crímenes y no se avienen al orden y valores de las sociedades que les abrieron las puertas y les tendieron una mano amiga?”.

Esa reflexión es parte de la verdad. Es válida. Pero la violencia es parte de la intolerancia. Y nunca será aceptable una respuesta que se traduzca en hechos xenófobos y delictivos.

¡Cuántos alemanes, entre las guerras mundiales, se convirtieron en refugiados en otros países: Einstein, Von Braun, Jaspers, Fromm, y otros tantos hombres y mujeres destacados!

El lado tenebroso de todo esto es que muchos de los que hoy, en Europa, cometen actos terroristas, son refugiados o hijos de refugiados.

¿Y así retribuyen a los que les acogen y brindaron techo, seguridad, alimentos o escuela para sus hijos, cuando más lo necesitaban? Incluso, hay países que con mucha facilidad les otorgan su ciudadanía.  

En estos casos particulares, hay mal agradecimiento de parte de los refugiados. Y esto no es correcto.

Pero tampoco acepto ver cómo ciudadanos xenófobos desprecian y maltratan a refugiados de buen comportamiento. En Alemania ha habido actos violentos contras vietnamitas, turcos y de otras nacionalidades, por causa de la intolerancia cultural.

Tanto la cancillera Merkel como el presidente Gauck han hecho bien con sus llamados a la tolerancia y el respeto. Es el deber del buen estadista (¡el mal político azuza!): propiciar la unidad y confianza de los grupos enfrentados.

Parece difícil conciliar esta actitud humanitaria de Angela  Merkel con su posición firme y austera al abordar el problema financiero griego. Pero, los germanos son los que más dinero se han desembolsado para ayudar a las economías atribuladas de  España, Portugal, Irlanda, Grecia. Si Berlín hubiera actuado de forma distinta, los países ya mencionados se las verían mucho peor.

Además, Alemania ha demostrado que, a pesar del horror del nazismo, supo rectificar y convertirse en un país generoso y que ayuda a países necesitados del mundo, sin ningún interés imperial.

Espero que las actitudes extremistas del grupo Pegida no se conviertan en un clamor nacional, a pesar de aumentar las oleadas de migrantes, llegando de todos los continentes. Pero sí es preocupante este fenómeno xenófobo, que parece in crescendo en Europa y Estados Unidos.

Hay una Alemania brillante que ha producido a cientos de hombres y mujeres ilustres de la ciencia, la filosofía, el arte, la música clásica, la tecnología. Y que nos enseñaron que había un mundo alemán moral (Kant), unido (Bismarck), diverso (Grass), dinámico (Hegel), compasivo, orientalista (Schopenhauer), bello (Goethe), sensible (Heine), racional, pasional (Nietzsche), aventurero (Von Humboldt), multicolor (Kirchner, Nolde) y polifónico (Bach, Beethoven, Schumann, Händel). Y que la lengua alemana sonará igualmente hermosa a la par del árabe, el turco, u otros idiomas --no menos espléndidos y de gentes buenas y sufridas-- que hoy tienen una oportunidad de ser mejores personas en un país democrático, libre, civilizado, hermoso y ejemplar.   

*Máster en asuntos públicos e internacionales.

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