Erick Aguirre
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Sentimiento de orfandad y soledad; dolor, intuición o certidumbre de la fragilidad de la vida o de la finitud humana; trascendencia de la consciencia o del espíritu; el significado que los distintos aspectos de la vida cotidiana tienen en la obtención de una perspectiva trascendente; son algunas reflexiones que constantemente expresa el narrador principal de la novela Encuentro (2015), de Francisco Bautista.

Apartando la exhaustividad de los procedimientos narrativos y dejando para el final los aspectos de nuestro entorno social que necesariamente proyecta esta novela, quiero detenerme en su propuesta, digamos, filosófica; que desde mi percepción, al menos parcialmente, está sustentada en dos autores: el español Miguel de Unamuno y el ruso León Tolstoi.

Dos de sus obras aparecen quizás como recurso intertextual en la novela, y se mencionan como parte de los objetos ocupados en el lugar de los hechos a uno de los personajes, aparentemente asesinado. Las obras son: Niebla, de Unamuno, y La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi.

En ambos relatos, al igual que en Encuentro, la constante narrativa es una búsqueda o interrogación del ser humano. Aprender, conforme envejecemos, a contemplar la vida desde distintas perspectivas; reconocer la forma en que los destinos se cruzan, indiferentes, o confluyen para fundirse; sopesar las circunstancias que nos conectan con las vidas de otros.

¿Qué sentido tendrían la vida y la muerte si en medio de ambas no podemos darle nuevos significados a la existencia? El narrador de Encuentro, que en la ficción introduce al autor como personaje, o bien, construye una ficción del autor mismo; lo que propone entre tanta descripción minuciosa es que cada ser humano puede ser capaz de reescribir el texto de su propia vida, y que a partir del texto de otras vidas se puede construir la gramática de la propia existencia.

El autor, incluyéndose como tal en la ficción, se convierte en protagonista de su propia novela vital, es decir, de la novela que es su vida. Pero no la vida del autor (el de carne y hueso), sino la del personaje incluido como autor (el de la ficción).

En Niebla, de Unamuno, la angustia y la necesidad de ser que atenazan al protagonista lo llevan a una muerte en soledad; igual sucede con uno de los personajes de Encuentro, cuya muerte, aunque dramática, se resuelve en la vana ilusión de ver también resuelta su gran duda existencial: el destino de su hijo o la prolongación de su propia existencia en otra.

La muerte de Iván Ilich es también un ejemplo de reflexión acerca de la necesidad de entenderse y explicarse a uno mismo. Igual que Alberto, protagonista de Encuentro, Ilich encarna la conexión existencial intangible entre los seres humanos. Aunque en el caso del primero, más bien se trata de la conexión vital entre las historias humanas y la Historia.

¿Propone este autor-narrador-personaje asumirla existencia como novela? ¿Es la vida una novela o son las novelas una proyección de la vida? ¿Qué sucede cuando uno se descubre como personaje incidental de historias ajenas?

Respecto a la proyección del entorno social en la novela debo decir que la violencia en Nicaragua, y en general en Centroamérica, no es un fenómeno contingente; proviene de una tradición secular: persistencia de formas de articulación de la sociedad basadas en la relación violenta entre seres humanos; es una consecuencia lógica de las distorsiones históricas en nuestra organización sociopolítica.Y la literatura no puede sustraerse de eso.

He escuchado la opinión de Bautista acerca de la violencia en Centroamérica. Afirma que es injusto endilgarnos la calificación de “países más violentos del mundo”. Si tomamos en cuenta los cruentos conflictos actuales en algunas zonas del planeta, debo admitir que relativamente tiene razón.

Sin embargo, ¿no trata Encuentro de conflictos provenientes del fenómeno de la violencia? ¿No implica una forma oblicua de proyectar esa violencia en literatura? Son preguntas que le dejo a Francisco, pero también a quienes lean su novela.

* Escritor y periodista.

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