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Me llamo Melvin y tengo 29 años. Mi papá era un militar que abusó de mi madre cuando ella tenía doce años y la dejó embarazada de mí. Solo una vez apareció cuando yo tenía ocho años. Me llevó a conocer a su madre y me enseñó como si yo fuera un trofeo, luego ella me regaló una bolsa de caramelos y él se volvió a desaparecer.

Mi mamá se juntó con otro hombre que se drogaba, le decía obscenidades y me trataba tan mal que cuando yo tenía cinco años me orinaba en la cama del miedo que le tenía. Entonces me levantaba y ponía a secar mis pantaloncitos, pero la cama quedaba húmeda y cuando aquel hombre se daba cuenta en la mañana me hincaba una hora a pleno sol en un saco cubierto de carbón o de maíz,  o me ponía a recoger con las manos todas las hojas del patio.

A veces ese hombre me ponía un machete en el cuello y me obligaba a mirarme en el agua de un barril y me decía “ahí va a quedar tu cabeza, en el fondo de este barril”, pero a pesar de eso mi madre le tuvo tres hijos a él. Una vez llegó mi abuela y me miró arrodillado en el saco con carbón y entonces tomó la decisión de llevarme a vivir con ella, porque mi madre era una adolescente indefensa que no podía protegerme.

Me crie entonces con mi abuela y su esposo que me dio su apellido. Yo crecí con ellos y a él lo considero mi padre hasta ahora. Vivimos en una gran pobreza por varios años, comiendo solo tomates y guineos cocidos, por lo que todos pasábamos hambre. En esa casa teníamos un perro tan inteligente que cuando mi abuela le decía, “Duque no hay nada que comer”, el perro se iba a una fritanguería del barrio y regresaba con una bolsa llena de chicharrón o patas de chancho que robaba para nosotros. Cuando lo recuerdo me da mucha tristeza, porque se las arreglaba para darnos  de comer cuando más lo necesitábamos.

Cuando yo tenía diez años empecé a trabajar con mi abuela echando tortillas y vendiéndolas en los barrios cercanos. Así pasé trabajando hasta los  trece años, cuando los chavalos que andaban en las pandillas me amenazaban con golpearme y quitarme los reales de la venta, por lo que mi hermano me llevó a trabajar en  la construcción.  A los quince ya empecé a juntarme con un grupo de mi barrio y nos dedicábamos a pelearnos a pedradas, morterazos o a golpes con otras pandillas. Comenzamos a fabricar armas hechizas y en los siguientes tres años murieron siete chavalos de mi grupo, todos ellos por ese tipo de armas artesanales que son más peligrosas de lo que la gente cree.

En esa época comenzó a llegar el Ceprev a mi barrio. Al inicio ignorábamos a las sicólogas, pensábamos en robarles, en tocarlas, pero cuando vimos que regresaban en plan serio, comenzamos a respetarlas y a creerles un poco más. Luego cuando fuimos a los talleres vimos  que eran un grupo alegre y cariñoso con nosotros, mientras la población nos miraba con rechazo.

Entonces sentimos que mientras la gente nos ignoraba ahí en el Ceprev nos escuchaban, nos atendían bien, nos enseñaban sobre la autoestima, y a mí se me pegó ese tema porque nos explicaban que era como si fuéramos un vaso medio vacío, y cuando ya salí del taller sentí que ese vaso estaba más lleno, que me sentía más querido, más amado, más protegido y más alegre. Por eso me daban deseos de regresar, de vivir otro taller, y después volví como tres veces más y luego hubo muchos cambios en mi vida.

Ahora tengo mi propio trabajo, soy constructor, tengo esposa y un hijo. Hace diez años me alejé de la violencia y de las drogas. Aconsejo a la juventud de mi barrio para que se aleje de los problemas. Me siento “tuani”, salgo adonde quiera, a sectores a los que antes no entraba. La gente me platica, me quiere, me respeta y me valora. Incluso se asombran del cambio entre el huelepega que fui y la persona respetuosa que soy.

El Ceprev me enseñó a evitar problemas, a salirme de las pandillas, a aceptar la terapia sicológica. Yo le agradezco primeramente a Dios que me dio fuerzas para salir de las pandillas, a mi abuela porque ella oraba para que yo saliera de eso y al Ceprev porque nunca se olvidó de nosotros, en todo tiempo y en todo lugar. Nosotros somos como hijos de esa organización, pero también nos sentimos parte de ella.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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