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Rubén Darío inicia su relación con el periodismo nacional, no en León donde residía, sino con el periódico El Termómetro de Rivas, dirigido por José Dolores Gámez, la colaboración no es una prosa sino un poema titulado Una lágrima, en su edición número 23, fechada el 26 de junio de 1880, cuando tenía 13 años, a partir de allí la prensa lo comenzó a llamar “el poeta niño”.

El Termómetro era un semanario, tipo tabloide, su domicilio estaba ubicado en la casa hacienda Santa Úrsula, hoy Museo de Rivas. Su primer número salió a circular el 15 de enero de 1878 y su último número en 1882. En la Biblioteca del Banco Central se encuentra una colección de las ediciones 1 a la 43, correspondiente a 1880. Primeramente se imprimió en la imprenta La Libertad y luego en la propia topografía El Termómetro.  José Dolores Gámez también fue director de la revista El Álbum duró de 1880 a 1881, tabloide de 16 páginas, de contenido variado. 

Una lágrima es una elegía, era costumbre de los leoneses contratar a un poeta para que hiciera los epitafios, hasta la casa de la tía Bernarda Sarmiento de Ramírez, conocida como Bernarda Darío, llegó Victoriano Argüello para que le hiciera un epitafio a un mes de difunto su padre Pedro Argüello. El poema fue dado a conocer por el investigador dariano Diego Manuel Sequeira en su obra titulada Rubén Darío Criollo.

Una lágrima: Brilla como el firmamento / la existencia del mortal, / sin que las nubes del mal / la empañen de sufrimiento: / se desliza / como embalsamada brisa, / cual de la flor el aliento, / en alas del blando viento, / pero vienen impetuosas / las olas de los pesares, / y la sumergen en mares / de nieblas espantosas.

¡Y cuánto, cuánto sentimos / cuando extinguido miramos / al ser que más adoramos / por el que al mundo venimos!

¡En el alma / ya no anida dulce calma! / Brotan llanto nuestros ojos… / Por doquiera, solo abrojos… / ¡Y en lúgubre confusión, / en pesares y aflicciones, / sentimos hechos girones / nuestro pobre corazón!

Murió tu padre, ¡es verdad! / ¿Lo lloras?... ¡Tienes razón! / Pero ten resignación, / que existe una eternidad / do no hay penas, / y en un lecho de azucenas / moran los justos gozando / sus venturanzas cantando; / y allí viven inmortales / en deleites y alegrías, / oyendo las armonías / de las liras celestiales.

¿Qué es este mundo? ¡Tristeza! / ¿Y qué es aquel? ¡Dicha y gloria! / ¡Aquí, terrenal escoria! / ¡Allá, poesía, belleza, / blancas nubes; / y mil aéreos querubes / con aureola en la frente / cantan al Omnipotente, / y con guirnaldas hermosas / y en nubecillas de espumas, / van coronados de plumas, / de claveles y de rosas!

El hombre, ser afligido, / viene aquí sólo a llorar; / viene aquí sólo a llorar; / más su destino es tornar / a su “Paraíso perdido”.

El camino / que le ha trazado el destino / y siempre contempla absorto, / ¡es, amigo, corto, corto! / Él es alondra que vuela / de su nido muy distante; / que pasa su vida errante / cual en los mares la estela.

Por eso, pues, ese llanto, / que ahora miro en tus ojos, / sécalo presto, y de hinojos / al Eterno eleva un canto; / que en el cielo / pide para ti un consuelo, / con tu piadoso fervor, / tu padre y tu bienhechor.

¡No llores, amigo, no, / que goza en el infinito / el generoso proscrito / que la existencia te dio! 

El propio Darío en su Autobiografía da la versión de su debut con la prensa de Rivas: “Ya iba a cumplir mis trece años y habían aparecido mis primeros versos en un diario titulado El Termómetro, que publicaba en la ciudad de Rivas el historiador y hombre político José Dolores Gámez. No he olvidado la primera estrofa de estos versos de primerizo, rimado en ocasión de la muerte del padre de un amigo. Ellos serían ruborizantes si no los amparase la intención de la inocencia:

Murió tu padre, ¡es verdad!, / lo lloras, tienes razón; / pero ten resignación / que existe una eternidad

do no hay penas… / Y en un trozo de azucena / moran los justos cantando…”.

El bardo ya adulto valora “la intención de su inocencia” en el poema y registra sus versos primerizos con una gran memoria. Un poema de rimas y ritmos en contraste con el dolor humano de tristeza y llanto,  una reflexión sobre la muerte de forma enigmática con respuestas míticas que escapan de complicar la llegada al más allá.

En El Termómetro también recibe la primera crítica literaria, nada menos que por Enrique Guzmán, “le acusa de violar todas las normas y reglas del idioma”.  Don Enrique no sabía a quién tocaba, al futuro revolucionario de la lengua español, cuando aún era  “el poeta niño”. Se equivocó don Enrique. El poeta niño le responde. La réplica dice: “uno de los defectos de la vetusta Real Academia, es rechazar tercamente toda reforma que la diferencia de costumbres, las nuevas ideas del siglo y el uso han realizado en el idioma”. 

La filípica se volvió posteriormente un debate de ideas entre Guzmán y Darío que va a durar todas sus vidas en forma de querella. Una vez adulto, Darío ya como príncipe de letras castellanas, después de escribir Azul… publicó Los Raros y le hizo llegar un ejemplar a su crítico de infancia con una dedicatoria que dice: “Rubén Darío saluda a Enrique Guzmán y le envía ese libro, agradeciéndole a los treinta años las críticas que le hacían rabiar a los quince”.  

Guzmán siempre fue crítico literario de Darío, nunca modificó su punto de vista. Mientras tanto Darío se cubría de gloria en el mundo del idioma entre los  miembros de la Real Academia como el precursor del modernismo literario en las letras castellanas y pionero de la prosa periodística moderna.

*Periodista. Editor de Revista de Rivas Nicaraocalli

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