•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

En septiembre, mes de la patria, Centroamérica conmemora algunas fechas que fueron momentos de inflexión a partir de las cuales nuestros seis intentos de construcción del estado nacional durante los últimos dos siglos adquirieron un rumbo. Sobre estas reflexiones son los ensayos reunidos en: A 150 años de la Batalla de San Jacinto (LEA, 2006). La historia de dos siglos ha tenido, en una simplificación inexacta y apretada, al menos diez momentos de inflexión sobre los cuales no nos vamos a detener: 1821, 1923, 1838, 1854, 1856, 1893, 1912, 1934, 1979, 1990. En la historia de la nación pudieron transcurrir doscientos años, pero sin dudas, en diez momentos de esos años, ocurrieron los cambios cualitativos históricos,  decisiones y acontecimientos, que definieron el rumbo futuro, las consecuencias del presente.

Darío es inseparable de nuestras celebraciones patrias en el último siglo, renueva nuestra identidad y fortalece la nacionalidad centroamericana. Por eso lo refiero en este contexto. Lo mismo que pasa para la historia, ocurre en la vida de las personas. Fueron diez los momentos fundamentales que determinaron el rumbo de Rubén Darío en sus 49 años de existencia. 

Obviando la fecha y circunstancias de su nacimiento (1867) y de su muerte (1916), consideramos que el primer momento clave del rumbo de su vida y de la innovación poética de la que se creyó predestinado, fue en 1882 (uno), cuando salió de Nicaragua para El Salvador, donde tuvo la oportunidad de conocer a Francisco Gavidia y descubrir el verso alejandrino francés, si esa ventana no se hubiera abierto, talvez Darío no hubiera adquirido ese conocimiento que de manera creativa, cuando desde ese país fue empujado hacia Chile, creó su obra primigenia, Azul… (Dos: 1888) con la que inició ese movimiento que se habría de llamar Modernismo. 

La celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América en España y su designación por el presidente Sacasa como secretario en 1892 (tres), le permitió ir a España, aproximarse a algunos grandes escritores de la época, abrir los ojos al mundo cosmopolita que ya en su mente y en sus versos fraguaba. Después vino otra oportunidad, ser designado por Colombia cónsul en Argentina, dicen que sin Argentina, no hay Modernismo, allá tuvo su segunda patria, la posibilidad de publicar en 1896 (cuatro), dos de sus obras cumbres: Los Raros, una propuesta estética, y Prosas Profanas, la confirmación de su creación poética. 

Como colaborador del diario La Nación de Buenos Aires, única remuneración laboral constante que lo sostuvo durante casi veinte años, fue enviado a conocer la situación de España después de la derrota contra Estados Unidos en 1898 (cinco), cuando perdió sus últimas colonias (Cuba, Filipinas, otras). El ser devuelto a Europa, le permitió escribir gran diversidad de crónicas que se convirtieron en varios libros que mostraron su informada erudición.

En 1905 (seis), Darío publicó Cantos de Vida y Esperanza, Los Cisnes y otros Poemas, su obra cumbre, en donde sin copiar a nadie, es él mismo, revela su ímpetu, confirma la renovación estética de la forma que impuso.

Después de casi quince años de ausencia, regresó a Nicaragua en 1907 (siete), en donde tuvo un recibimiento apoteósico, renovó la frescura de los recuerdos de la tierra natal y obtuvo de Zelaya el nombramiento como Embajador de Nicaragua en España. De aquel retorno surgió El regreso a Nicaragua e Intermezzo Tropical, uno de los libros claves del sentido de pertenencia nacional. 

París lo acogió a pesar de las exclusiones. En 1912 (ocho), asumió la dirección literaria de las revistas Mundial y Elegancias, lo que no solo le permitió un ingreso para su desajustada economía, sino que una gira de viaje que lo volvió a América del Sur, escribió los artículos que habrían de integrarse en Historia de mis libros y la autobiografía que tituló: La vida de Rubén Darío escrita por él mismo.  Cuando estalló la Guerra en Europa, a mediados de 1914 (nueve), se quedó sin trabajo, regresó a España angustiado por la guerra y ante su propia situación personal y de salud, salió definitivamente para América, dejando en Barcelona a Francisca Sánchez, la única mujer con la que se aproximó a tener algo parecido a un hogar, y al segundo hijo que le sobrevivió, Rubén Darío Sánchez, de 7 años.

A fines de 1914 llegó a Nueva York con el frío terrible de aquella ciudad cosmopolita para promover una ilusa campaña por la paz y obtener sostén financiero en sus tribulaciones.  Con  la salud deteriorada y la falta de opciones, viajó a Guatemala (diez: 1915). Transcurridos  siete meses y empujado por las circunstancias, regresó a Nicaragua para morir diez semanas después. 

Si Darío no viaja a El Salvador y no conoce a Gavidia, si no es empujado a Chile por Cañas, si no escribe Azul... Si no es enviado a España en el centenario, si no es cónsul en Argentina, si no publica Los Raros y Cantos de Vida y  Esperanza, si no regresa a Europa… no hubiera trascendido, no hubiera sido lo fue y hoy es. Si no hubiera ocurrido la guerra, no hubiera regresado a morir a Nicaragua… Las circunstancias lo empujan, a veces las propias decisiones se montan en esas circunstancias, personales e históricas, de los individuos y las naciones.

*Escritor.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus