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Hasta que lo conocí más de cerca, la primera impresión que tuve por un tiempo de Rafael Vargarruiz era la de una especie de Jay Gatsby tropical; un tipo de cierta forma misterioso: culto, de gustos cosmopolitas adquiridos durante sus seguramente múltiples viajes y lo que, también seguramente, ya en aquella época (los inicios de los difíciles aunque relativamente alegres años ochentas) habrían sido sus grandes tiempos.

Me lleva quizá unos diez años adelante. Cuando tenía yo poco más de veinte y él se enrumbaba a los cuarenta, lo que imaginaba de Rafael era que sus grandes tiempones en Managua durante los sesentas y setentas llenaban su memoria, su imaginario, y de alguna manera establecían el patrón general de su comportamiento. 

Inventándose a sí mismo, convocando a foros y conferencias pero también organizando alegres encuentros o recepciones que a mí me recordaban las interminables fiestas de Gatsby en West Egg, y hacían que los más jóvenes nos preguntáramos de dónde había salido.

Vargarruiz fue el primer director de la Cinemateca Nacional, y ejerciendo esas funciones lo conocí, creo que en 1985 o 1986. Lo hacía con su particular estilo, como dije gatsbyano, tropicalizado, sin embargo por una serie de manías entrañables, como el gusto irrenunciable por los boleros y los tangos.

También por los recuerdos de la vieja bohemia managüense que, más bien a fuerza de imaginación, guardaba yo también, aunque reconstruidos con fragmentos dispersos recogidos en largas conversaciones entre mi padre y sus viejos colegas periodistas; en mesas de tragos y en medio de música de tríos o guitarristas solitarios.

Eso me llamaba mucho la atención, pues siempre he sido, irremediablemente, un ávido cazador de remembranzas de la Managua alegre y recoleta de las décadas inmediatamente anteriores al terremoto de 1972. 

Con esa curiosidad nostálgica fue que empecé a avistarlo de lejos, invitándonos con entusiasmo a los primeros e inolvidables ciclos de cine que organizó la Cinemateca. Recuerdo especialmente el de Buñuel, en el propio año de su muerte, o el cine ruso de autor, con las impresionantes versiones de Crimen y Castigo y El Idiota, de Dostoievski; o El imperio de los Sentidos, de Nagisa Oshima, que como pocas veces hizo lucir abarrotada la Cinemateca, pero no de amantes del buen arte sino de un tumulto de pornógrafos.

Yo militaba en un grupo de jóvenes que con pretensiones intelectuales empezábamos a escribir en los periódicos, y al parecer Rafael olfateó entre nosotros algún talento, ciertas inocultables ganas de alardear de lecturas y conocimientos. Entonces empezó a reclutarnos para organizar y darle vida a los debates en los Cine Foros que él también inauguró en la Cinemateca.

Su mejor ficha entre nosotros, sin embargo, resultó ser nuestro recordado buen amigo, el salvadoreño Roberto Zepeda, quien recién había vuelto a Centroamérica después de estudiar cine en Moscú y de recorrer casi toda Europa, y que detuvo aquí su peregrinaje debido a la guerra que se desbordaba en su país.

Recuerdo que entonces entrevisté a Rafael para el suplemento cultural de El Nuevo Diario, a propósito de su frustrado largometraje Ángel pobre en overol rojo desteñido, que lamentablemente se ha quedado sólo en guión. Desde entonces nos hicimos amigos. Y desde entonces él empezó a enriquecer más su currículo de autor y cineasta; uno de los más prolíficos y destacados de Nicaragua.

Como autor debemos acreditarle nueve libros de crítica, guiones, poesía y prosa de ficción. Como cineasta ha producido y dirigido más de quince documentales y cortometrajes, entre ellos la primera película nicaragüense experimental y de autor; así como el primer filme nicaragüense de ficción producido por Incine. También fue asistente de Miguel Littín durante el rodaje de Alsino y el cóndor (1982).

Me dio gusto decir unas palabras en la premier de su filme más reciente. Confieso que lo hice tratando de no imitar a Nick Carraway, el implacable juez de Gatsby que decía ser honrado y haber aprendido a no juzgar a nadie; pero recordando aquella frase que, seguramente también a Rafael, como a sus amigos, nos anima a seguir adelante: “botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.

* Escritor y periodista.

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