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Indudablemente, esta es la profesión que mayor firmeza requiere. Lo refrenda el hecho de que, a pesar del inminente peligro que se corra de ser asesinado por denunciar cualquier hecho que riña con los intereses de grupos poderosos, o que merezca ser conocido por la población, los periodistas siguen en la firme convicción de realizar su trabajo, porque esto genera confianza en la población.

Lo sabía Rubén Espinosa, uno de los últimos periodistas asesinados en lo que va del año en Latinoamérica, el número 38 según Reporteros Sin Fronteras. Espinosa había llegado hace poco a Ciudad de México, huyendo de las amenazas de muerte que le habían jurado en Veracruz, donde trabajaba activamente cubriendo los movimientos sociales y luchaba por el esclarecimiento de los crímenes contra los periodistas de su país.

Pero lamentablemente el trabajo nos llama donde se genera la noticia, entendida esta en su verdadera dimensión de notable y cargada de interés común, como lo demarca la deontología periodística. Y es de todos conocidos que la región atraviesa su mayor deterioro en violencia producida por el crimen organizado, el que a su vez ha encontrado complicidad en grupos de poder que viven dentro de la ley, o que --vergonzoso-- representan la ley misma.

En tan solo una década, la violencia cambió cien años de hacer periodismo: las firmas se omiten, las fuentes han callado, se cierran investigaciones, hay temas y grupos sobre los cuales no se puede hablar. Pero Espinosa siguió escribiendo su nombre en las fotos y en las notas que producía. Porque como él, los muchos periodistas que de verdad sienten pasión por la profesión, tienen el deber de ofrecer su verdad, la que pasa el filtro de la conciencia, la que se constata con fuentes y evidencias.

No es el afán de protagonismo que hoy impregna a los chavalos que optan por la carrera para estar en televisión, o detrás de un escritorio planificando agendas, llevando la publicidad. No. Son las ganas de escribir historias que en serio cambien formas de pensar. De reportar e investigar hechos detrás de los hechos. Ese periodismo es el que va de frente con el fenómeno que hoy nos acecha.

Llevamos más de una década sumidos en esta ola de no parar. Ya existe una generación de nacidos bajo la guerra de la violencia organizada. Ya muchos se han insensibilizado por la cotidianeidad del espectáculo de la muerte, en vivo o en diferido, pero grabado o fotografiado. La famosa frase de plomo o plata se ha transformado en plomo o silencio.

En Nicaragua --gracias a Dios-- no hemos alcanzado esas cotas de crueldad contra los hombres de prensa, y se puede ejercer periodismo con mucha libertad. De países hermanos como México, Honduras y Brasil no puede escribirse lo mismo.
Espinosa lo testifica. Y Gledyson Carvalho lo ratifica. Mientras escribía esta columna, se publicaba la noticia de su asesinato en vivo, este jueves, en una radio brasileña, hasta donde llegaron dos sicarios que se hicieron pasar como anunciantes y le descargaron tres disparos. Su pecado: denunciar corrupción.

Cuando me fui a matricular en Comunicación me sentí orgulloso, sin haber visto una sola materia, porque mi sueño de aprender a escribir en prensa se haría realidad. Años después, cuando se publicó mi primer reportaje, casi lloré, porque detrás de esas letras impresas había un trabajo de investigación, sol, calle y muchas lecturas. La profesión me parecía estupendamente gratificante. Hoy, viendo en la red las fotos de Rubén Espinosa y Gledyson Carvalho, antecedidos de 81 colegas muertos y 17 desaparecidos, no puedo expresar lo mismo. La profesión se ha vuelto mortal.

*Periodista y catedrático.

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