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¡Qué nobles y espontáneas reacciones han tenido los ciudadanos, grupos organizados y gobernantes de los países del Oeste europeo, con los miles de ciudadanos que huyen del conflicto sirio! Y, con suerte, en este paquete se han colado otros ciudadanos temerosos que huyen de Eritrea, Mali, Libia, e Irak.

Siria tiene 185,180 kms2 (como Guatemala y Panamá juntos); una población de 20 millones; 15 millones han sido desplazados interna y externamente; 9 de ellos son refugiados en Turquía, Líbano, Jordania, Irak y Europa. Ya han muerto 230,000 en esa guerra horrenda.

La pobre Repubblica Italiana, aturdida al ver como cruzaban el Mediterráneo miles de africanos que entraban a su territorio, como Pedro por su casa, ahora sentirá ese ansiado sollièvo, cuando ya otros países grandes y ricos de Europa Occidental han decidido acoger a otros miles de refugiados.

Y es que hasta hace unos meses, las medidas tomadas: patrullaje conjunto marítimo y aéreo, acuerdos migratorios, búsqueda de redes de traficantes humanos, leyes leoninas, llamados dramáticos de advertencia a los refugiados, etc., no habían frenado el desembarco masivo y frenético en tierras italianas.

¿Acaso esta acción no habla de la calidad moral y humanitaria de Alemania, Inglaterra, Francia, Suecia e Italia?

Incluso, El Vaticano --ese antiguo Estado teocrático-- que predica la caridad cristiana, ha decidido que las 27,000 iglesias italianas acojan a los sufridos refugiados sirios.

Sin dudas, la muerte del niño Aylan Kurdi llevó a esta oleada de solidaridad desbordante. Fue conmovedor ver la imagen de su pequeño cadáver. Pero su muerte ha sido luz y bandera para despertar conciencias y corazones sensibles.

Gran Bretaña, que usualmente hace todo a su manera, decidió que apoyaría a 24,000 refugiados ya asentados en Jordania. Por cierto, este último, el país más humanitario, abierto, tolerante y democrático de la región.

Francia, el país occidental con mayor población musulmana, ha abierto también sus puertas para recibir a más refugiados, sin importar nacionalidad.

Ciertamente, estas acciones son un bálsamo para los  vulnerables en las guerras. Pero habrá muchas preguntas, si Siria sigue en manos de Al-Assad. Hay 9 millones de sirios en la diáspora, una guerra cruenta destroza al país, la economía está en ruinas y combatientes multiétnicos luchan por intereses propios y un botín.

¿No sería mejor que las potencias pensaran mejor en los ciudadanos sirios más que en los intereses en juego?

Si la diplomacia rusa impidió que los Estados Unidos intervinieran militarmente en el conflicto sirio, arguyendo que ello desembocaría en una hecatombe, ¿qué van a decir ahora que ya todo se salió de las manos y Siria está hoy más ruinosa, dividida, dispersa, sangrada y exportando su drama, como si fuera una novela de terror?

Repito: los únicos que pueden parar ese terrible conflicto son los líderes moscovitas. Ellos mantienen a su títere del Medio Oriente a costa de tanta sangre, dolor y muerte. Solo ellos pueden cambiar las cosas. Para Rusia, Siria es un aliado incondicional por el que hay que darlo todo, como sea, pues está dentro de su zona de influencia.

¿Cuál será el costo político para Moscú de mantener a un dictador tan repudiado por la humanidad?

Y, desde luego, lo llamativo también es que los refugiados sirios en vez de buscar cómo irse a Rusia o Corea del Norte, optan por irse a países capitalistas, democráticos, libres, como los de Europa Occidental, tan denigrados por ciertos medios intolerantes.

Esto me dice que, en medio de sus angustias, los seres humanos  sí saben qué es lo bueno y quiénes les recibirán para devolverles su dignidad, consolarles y restituirles sus esperanzas.

Me sorprende que países árabes, trillonarios, como Arabia Saudí y Bahréin, no abran, debidamente, sus puertas para acoger con  quienes comparten fe, lengua y cultura.

Estas acciones humanitarias crecientes y gratificantes podrían inducir a la fallida diplomacia internacional a reflexionar y a actuar decididamente.

Esperemos acciones colectivas diplomáticas, multilaterales, que pongan fin a la guerra, restañen las heridas e impulsen un plan de paz. Los sirios deben reconstruir su nación, escoger un gobierno representativo y exiliar al terco dictador.

¿Por qué no tipificar ya el delito de tiranía?

Debe prevalecer la coherencia entre las acciones políticas y los gestos humanitarios. La humanidad no debe ser sujeta a ensayo y error.  

Duele ver que mientras tanto (esto lo vi el 8 de septiembre en la Deutsche Welle), Moscú sigue armando a Al-Assad, proveyéndole de armas, tanques, inteligencia, incluso soldados.

¿Ahora ya sabemos quiénes están del lado del bien… o del mal?

*Máster en Asuntos Públicos e Internacionales.

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