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La resolución L.25 del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas sobre “La protección de la familia”, recientemente difundida, constituye, desde luego, una buena noticia para quienes pensamos que la institución familiar es el mejor espacio para el libre y solidario desarrollo de la persona.

Esta resolución de Naciones Unidas se aprobó a instancia de países en desarrollo de Africa, Asia, América Latina más Rusia y China y obtuvo en el Consejo de Derechos Humanos 29 votos a favor y 14 en contra. Son relevantes algunos de los pasajes de esta disposición del sistema de Naciones Unidas pues recuerda, por ejemplo, que la familia es el grupo fundamental de la sociedad y, por ello, tiene una responsabilidad primordial en la crianza y protección de los niños.

Además, la ONU observa con preocupación que la contribución social de la familia y su colaboración al logro de los objetivos de desarrollo sigue siendo conscientemente ignorada. Tal preterición, como bien sabemos, es consecuencia de una orquestada campaña que intenta, por todos los medios, por activa, pasiva y perifrástica, destruir cualquier realidad e institución en la que el ser humano aspire a realizarse libre y solidariamente.

La resolución también señala que la institución familiar debe ser protegida integralmente por los poderes públicos y que los países deben crear un entorno propicio para fortalecerla y apoyarla, toda vez que su bienestar redunda en el de toda la sociedad como demuestra que en su seno descienden las tasas de abandono escolar, crece la promoción de las mujeres y las niñas, se protege mejor contra la violencia y, demás, disminuyen los abusos así como la explotación social.

Claro que en la familia hay sombras, pues es una institución compuesta por hombres y mujeres, pero tales indicadores fuera de la familia todos sabemos en que dígitos se mueven.

A pesar de los pesares, del lobby antifamilia y de los representantes de otras realidades sociales, la resolución que comentamos ha colocado a la familia en en el lugar que por derecho propio le corresponde, pues ciertamente esta central y básica institución, célula de la misma sociedad, promueve derechamente y de forma creciente los derechos y humanos y el desarrollo cuándo, obviamente, se orienta hacia su finalidad propia.

La resolución no reconoce otras formas de familia más allá de esa institución multisecular fundada en la unión estable entre un hombre y un mujer reconocida como tal por la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos. Que existan diversas formas de unión y de convivencia entre las personas no implica que desnaturalicen, insisto, una institución configurada con carterísticas y fines propios forjada a través de los siglos y que en términos generales se ha demostrado como adecuada y conveniente para el libre y solidario de los seres humanos.

Por sorprendente que pueda parecer, ni EE.UU. ni ningún país de Europa aprobaron esta resolución que, pese a no ser vinculante, de acuerdo con la praxis y los usos de Naciones Unidas, en la medida que es un relevante compromiso político, orientará diversos informes sobre el tema así como ulteriores documentos y resoluciones.

La dignidad del ser humano, hoy pisoteada y ninguneada hasta la saciedad, reclama que las instituciones más relevantes de la vida social vuelvan a colocar a la persona en el centro del orden social, económico y político, en lugar de considerarla una convidada de piedra de la que se aprovechan las minorías dirigentes que mueven a su antojo los hilos de la realidad.

Pues bien, si hay una institución básica y fundamental para el desarrollo integral y equilibrado de la persona que ha resistido los embates y ataques más brutales, esa es la familia. Por supuesto, en el contexto familiar se adquieren las más elementales cualidades democráticas y donde se aprenden las más elementales actitudes solidarias.

¿Por qué será que, a pesar de sus luces y sus sombras, sigue siendo la mejor escuela de valores y el entorno en que mejor se aprende a preocuparse por los demás? ¿Por qué será que la familia es el mejor laboratorio de sensibilidad social?

En el escenario familiar se trabaja a favor del entendimiento, con mentalidad abierta y en un marco de profunda sensibilidad social. Sin embargo, el pensamiento único que se vuelca sobre el individuo como principio y fin de la realidad, la autoconciencia antisolidaria y asocial presa del poder, del dinero y de la notoridad, y, sobre todo, el pánico a la libertad y a la creatividad crítica intentan, a veces con éxito, poner a la familia a los pies de esas minorías dirigentes que solo buscan el beneficio económico y la conservación del poder.

En este sentido, uno de los pensadores más congruentes de este tiempo, el catedrático de sociología Amitai Etzioni, nos dice que “para que la exclusiva persecución de intereses privados no erosione el ambiente social, el individuo debe compartir, y en ocasiones someter sus intereses privados a los intereses de las comunidades a las que pertenece”.

Potenciar la familia es potenciar ambientes de creciente respeto a los derechos fundamentales y, lo más importante, apoyar escuelas de humanidad, justo lo que hoy se necesita más. En la familia, se ejercitan, por supuesto los derechos, faltaría mas, pero también se aprende que existen deberes, obligaciones hacia los demás. El equilibrio derechos-deberes se acrisola en la familia y proporciona mujeres y hombres que saben qué es la libertad y la responsabilidad. Bienvenida sea esta resolución del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y ojala se cumplan cuanto antes sus previsiones y disposiciones.

*Catedrático de Derecho Administrativo.

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