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“Me llamo Elena y tengo 65 años. Me crié con mis abuelos porque mi madre nos abandonó y se fue con un hombre cuando mi hermana menor tenía ocho meses, mi hermanito tres años y yo cinco. Mi abuelo era un déspota, nos pegaba con alambre o con lo que hallaba, nos mandaba a trabajar al campo desde que yo tenía seis años y nos levantaba a las dos de la madrugada para cocinar.

Yo nunca supe qué cosa era la niñez, porque a los diez años me mandaron a trabajar como ‘hija de casa’ a Managua y tenía que hacer de todo: limpiaba, lavaba, aseaba los cuartos y solo me pagaban con comida y ropa vieja. Nunca pude ir a la escuela y fue hasta la alfabetización que aprendí a leer.

A los quince años me casé para escapar de esa vida de criada sin sueldo, pero solo duré dos años con mi marido que era un borracho y me maltrataba. Con él tuve dos hijos y diez años después me volví a casar y tuve otros dos más. Con mi segundo marido duré quince años hasta que él me dejó y se fue con otra mujer.

La tercera de mis hijas se crió con unas tías y a los otros los dejé al cuidado de una abuela, porque yo tenía que trabajar como doméstica para mantenerlos. Cuando mis hijos eran adolescentes me los traje a vivir conmigo en una casa en Managua, menos a la hija que prefirió quedarse a vivir con sus tías. Con el tiempo, ella tuvo siete hijos con diferentes hombres, de los cuales la mayor murió de lupus y la segunda se suicidó a los quince años.

Cuando mi nieta se suicidó, mi hija se mudó a la casa de una amiga, pero el hijo y el marido de esa mujer abusaron de sus tres niños de seis, cinco y tres años. Fue una vecina de ellos la que me contó y yo lloré, me sentí mal y culpable y los fui a rescatar. Puse una denuncia en las comisarías, me mandaron a medicina legal, pero ninguno de mis nietos tenía partida de nacimiento y no se pudo continuar el caso. Mi hija había regalado a uno de mis nietos y andaba ofreciendo a los otros tres.

Desde entonces me hice cargo de esos nietos que ahora son adolescentes y que desde niños acarreaban muchos problemas. Yo pensaba: me he echado encima una carga tremenda, he criado a mis hijos sola, y ahora ¿volver a empezar? Me sentía enferma e impotente al verlos que se portaban violentos en la escuela, mentían y me robaban dinero. Fue en esos años que conocí al Ceprev y empezaron a darnos atención sicológica a todos.

Ellos fueron cambiando en todos los aspectos, dejaron de robar y de mentir, ya no me contestan agresivamente y mejoraron mucho en el colegio. Ahora les dieron una beca como buenos alumnos y están felices. Tienen otra visión de la vida, la niña quiere estudiar Medicina, uno de los varones quiere ser ingeniero agrónomo y el pequeño desea ser técnico en computación.

Por mi parte, me siento más segura porque tengo el respaldo del Ceprev y sé que en cualquier momento en que vea una situación anormal en los niños me van a apoyar. También yo he tenido un cambio muy grande en mi vida. Hace un año me volví a encontrar con un viejo amor y desde diciembre estamos conviviendo juntos.

Es un buen compañero, cariñoso y atento. Es algo que nunca experimenté en mi vida de casada. Tenía como 35 años de vivir separada y por eso me decidí a terminar mis días acompañada. Él nunca tuvo hijos ni nietos. Era un vecino que tenía años de vivir solo y ahora que estamos juntos me apoya mucho con los nietos y se preocupa porque salgan adelante. Mis hijos al comienzo lo rechazaban, pero él se los ha ganado y ahora ya lo aceptan.

Toda mi vida he cargado con mis problemas, los de mis hijos y los de mis nietos. Pero lo peor de todo fue el abuso que les ocurrió a los niños, porque de tanto sufrir me enfermé de presión alta y de diabetes. Ahora quiero terminar mi vejez en paz, en armonía con toda mi familia. Antes sentía que no tenía salida y ahora veo un futuro para ellos”.

*Directora del Ceprev. La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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