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La vanidad humana es infinita. Vive fabricando trampas de seducción para su propia pompa. Quien inventó la fotografía debió haber sido un tremendo vanidoso. En el extraño  juego de la oscuridad y la luz, descubrió  el encantador fenómeno de la imagen. Todo el mundo quería tomarse fotos.  Posteriormente, la televisión se convirtió en un culto a la personalidad y para rematar vino la internet y el Facebook, una especie de perfil cibernético  personal que nos ha colocado en el centro del chismorreo global.

Quizás suene a exageración, pero es cierto. La tecnología acabará con nosotros tarde o temprano. No saldremos  ilesos del progreso. Confieso que pertenezco  a esa extraña  especie de personas que distinguen entre tanta  parafernalia,  el lado oscuro del progreso.  Acepto  que  internet ha venido a revolucionar la comunicación social y  nuestra cultura. Sin  embargo, el costo que hemos tenido que pagar es grande. Aunque creo que todo depende del  manejo que algunos usuarios hacemos  de las bondades de la tecnología. 

Y digo esto porque los Facebook se han convertido en la mayoría de casos, en el  muro donde se cuelgan las ropas sucias y limpias de esta gran vecindad que ahora navega en internet. 

Basta entrar al Facebook de un amigo o amiga para darse cuenta de las nuevas amistades que tiene, de  la nueva casa que compró, de los hijos que tiene, de los lugares que frecuenta y de sus gustos y rarezas. 

La otra vez, por pura curiosidad ingresé al perfil de una antigua conocida, y casi me muero de vergüenza.  Lo primero que me llamó  la atención  fue su obsesión  por tomarse fotografías en todas las áreas de su casa,  incluso en el baño;   luego me reí de las fotos que colgó del cumpleaños de su perrito y el queque que le partió en soledad, y me leí una declaración de amor cursi a su pareja que me puso  a llorar.

Entiendo que los Facebook  son una manera de divulgar actividades, promover valores, informar  y  hasta educar, pero desafortunadamente, la mayoría lo usa como muros o tendederos para colgar sus cursilerías y chifletas.

Usted entra a un Facebook,  y se da cuenta que el chisme de cuarterías se ha trasladado a las redes sociales. Ahí, en el tendedero cibernético, se da cuenta, con el consentimiento de la víctima, de las miserias y bondades de  fulano y fulana, de sus últimas relaciones sentimentales, de sus hábitos y costumbres, del estado de salud de sus mascotas, de su fingida filantropía y otras tonterías.  Gracias a  la internet y sus bondades, somos una cuartería global exhibiendo al mundo todo lo que tenemos e incluso, lo que no tenemos lo inventamos.

Sin embargo, la seducción que ha generado  Facebook es tal que mi esposa, una mujer reservada, se ha animado a elaborar su perfil,  y con el tiempo, se ha convertido en una  diestra cibernauta  que revisa diariamente su muro, subiendo fotos, saludando familiares, etiquetando  frases y comentando temas religiosos. Sé que ha conquistado un buen número de seguidoras y administra su muro con mucho celo. 

En cambio, yo me resisto a caer en las trampas seductoras del muro. Creo que es útil para comunicarse y mantenerse informado,  pero es pernicioso si lo convertís en un tendedero cotidiano para colgar tu ropa sucia o insultar a tus vecinos que conviven con vos en la red. Depende, claro está, del manejo que le den  sus usuarios. 

Sin embargo, el morbo humano es imparable. El Facebook es la mirilla, el ojo de la cerradura, la hendija del biombo donde el cibernauta observa a su amigo.  Es la privacidad, a medias, entregada a un grupo de amigos. Es el chisme virtual que corre como pólvora en la red para entretenimiento y relax de millones de usuarios.  

No sé qué pasará en el futuro.  Lo más seguro es que estos muros sean sustituidos por otros espacios cibernéticos más complejos y nuestra privacidad estalle en pedazos. Qué sé yo.  Por eso prefiero tomar un poco de distancia de  estos muros y continuar custodiando un poco mi vida privada antes que sea pasto del chismorreo digital.

*Periodista.

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