Erick Aguirre
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De poesía del amor doméstico en Nicaragua, además de un poema solitario y pionero de José Coronel (Pequeña biografía de mi mujer), tengo en mis cuentas apenas tres importantes referentes bibliográficos o paradigmas contemporáneos: los libros Domus aurea (1968), de Luis Rocha; Poemas para doña Julia (1988), de José Cuadra Vega, y Para construir el amor (1998), de Carlos Tünnermann.

Me refiero a la poesía posterior al vanguardismo consagrada a la devoción mutua entre un hombre y una mujer que han compartido casi toda una vida en armoniosa intimidad, y cuyas ondas irradian el entorno familiar creado por ellos mismos: hijos, hijas, nietos, nietas, en fin, el entrañable y no siempre bien logrado entorno hogareño o doméstico.

Desde Rocha (el iniciador de esa constante y curiosamente el más joven), esta veta temática en nuestra poesía ha dejado huellas perdurables, justamente paradigmáticas, y sus autores han aportado otras formas particulares de frescura, desenfado y cierta liviandad comedida a ese signo de diversas formas conservador que eventualmente ha marcado a nuestra tradición poética desde el inicio de su modernidad.

Ese signo conservador, sin embargo, hasta entonces (o hasta ellos) no había sido contaminado por el humor; no había sido todavía revestido de ese aire neo-vanguardista, de ese modo de decir desenfadado que recurre a la claridad y a la lógica expresiva; a imágenes nada oscuras ni rebuscadas, a un tono confesional que se muestra al mismo tiempo contrito y atrevido; para con él cantar a la vida hogareña, al amor que la pareja hace prevalecer en la morada familiar.

A esta saga se incorpora ahora el nuevo poemario Desnuda (2015), de Brenda Martínez, pues además de persistir en esa tendencia, como mujer la enriquece con elementos que subrayan, aunque tímidamente, cierto ánimo de desnudez o impudicia en la expresión poética; permaneciendo sin embargo sujeta al recato conservador que el abordaje de lo hogareño-amoroso o doméstico-familiar necesariamente requiere.

En la presentación, Álvaro Gutiérrez destaca que el amor constituye el eje temático del libro, y que ese amor alcanza su mayor altura e intensidad en los poemas dedicados al esposo muerto; es decir, aquellos en que brilla el amor conyugal o doméstico; ese que jamás se retrae o se encierra en sí mismo.

Porque el amor, como el lenguaje, no implica la significación unívoca de un protagonista solitario; no es dueño absoluto de sus connotaciones, ni siquiera de sus enunciados. Su sentido solo se realiza en relación o en contraste con el otro. En esa operación el yo no existe; funciona más bien un nosotros, una combinación de elementos que sin interacción no tendrían existencia propia.

Decía Octavio Paz que tanto la experiencia erótico-amorosa como la poética suprimen fronteras entre percepción y realidad. Palpamos un cuerpo que se diluye y una presencia que se disipa en medio de sensaciones. El erotismo deja de ser experiencia sensorial para convertirse en experiencia verbal.

En ciertos poemas de Desnuda la añoranza erótica por el esposo ausente se transforma en una forma particular de expresión y experiencia poéticas. Y la dilucidación de esa dialéctica es necesaria para entender el tipo de expresión aparentemente contradictoria (entre impúdica y recatada) que sobresale en este libro.

Casi forzada por los méritos que otros encontraron en su obra, Brenda accedió a publicarla, y desde el título anuncia que esa decisión significó la sensación de desnudarse. Lo cuenta Álvaro en el prólogo, y también nos recuerda con acierto que algunos sustratos de nuestras vidas a veces constituyen materiales que pueden transformarse en literatura.

En Desnuda, la añoranza del esposo y los ilusorios encuentros con su cuerpo y sus palabras, se transforman en lenguaje poético. No es que Brenda quiera confesar públicamente su vida íntima, sino “darle a su escritura la gracia de saber decir las cosas con los recursos y artificios propios del placer poético”.

El amor erótico y doméstico encuentran en la poesía de Martínez la puerta de acceso a una nueva realidad construida con palabras; una realidad que impugna o elude, al mismo tiempo que conserva, el pudor y la tradición con las frescas maneras de un lenguaje propio.

* Escritor y periodista.

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