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Ha sido escándalo mundial descubrirse que el célebre fabricante alemán de vehículos había instalado, ilegalmente, sistemas para burlar leyes anticontaminación.

Unos cinco millones de vehículos fueron trucados para superar los controles de emisión de gases en EE.UU. y Europa, truco para reducir el precio de venta de los vehículos.

Parece chiste malo, pero no lo es. Hablamos del mayor fabricante de  automotores del mundo, cuyo prestigio y beneficios hacían innecesario, estúpido el fraude.

En países como los nuestros el control medioambiental es inexistente, pero en EE.UU. y Europa es requisito esencial en los medios de transporte.

Que empresas en bancarrota, quiebra o de pocos escrúpulos recurran al fraude está dentro de parámetros normales. Que una empresa como Volkswagen lo haga, no.

El estupor ha sido máximo, pues las marcas alemanas llevan décadas siendo sinónimo de calidad. Sus directivos suelen figurar entre las personas más cualificadas del mundo.

  • La explicación estaría en su rivalidad con Toyota, con la que compite por el mercado mundial y el puesto número uno.

En 2015 Volkswagen logró arrebatar a Toyota el puesto de primer fabricante mundial. Para lograrlo, recurrió a un fraude que permitía reducir el precio de sus vehículos.

El caso tiene una moraleja tan antigua como la humanidad. La avaricia rompe el saco.

Los directivos de Volkswagen debieron decidir entre la vanidad de ser número uno o mantener su prestigio. Escogieron lo primero para perder lo segundo. No hay nada nuevo debajo del Sol.

az.sinveniracuento@gmail.com

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