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Según sistemático monitoreo realizado por la Asociación Nacional de Ejecutivos de Finanzas, Administración y Contabilidad (Anefac), en julio de 2015, bancos y empresas comerciales, cobraron un interés anual de 126.74%, a los consumidores brasileños.

Ladislau Dowbor (profesor de economía en la Universidad Católica de São Paulo y consultor de las Naciones Unidas), detalla en su diagnóstico que en Brasil el Sistema Financiero obstaculiza la economía, drenando gigantescas sumas que resultan útiles a la producción.

Dowbor, comparó que la tasa más elevada (tarjetas de crédito), ascendió a 334.84%; “en el comercio el interés para la compra a plazos de algunos productos supera el 100%, mientras en Europa se limita cerca del 13%”.

Según el Banco Central, pese a los “intereses extorsivos”, los brasileños recurren cada día más al crédito. En abril las familias destinaban 46.5% de sus ingresos al pago de deudas, duplicando la proporción de 10 años atrás.

Por su parte, Anefac estima que las empresas pagan grandes intereses, alcanzando 61.22% como promedio de distintas formas de financiación. Los préstamos para capital de trabajo o circulante eran de 32.61% (los más bajos), con tendencia alcista.

El incremento de los intereses pagados supera el recorte de gastos en el presupuesto federal, agravando el desequilibrio en un momento de recaudación reducida por la recesión. En este contexto, “los bancos registran ganancias récord, pese a la caída de la economía, la industria y comercio”.

En el primer semestre de este año, las cuatro mayores instituciones financieras obtuvieron un 40% más que en el mismo período de 2014. Además, existe un desvío de ingresos por fraudes tributarios, alimentando las transferencias ilegales externas.

La revista británica The Economist estima que Brasil tiene alrededor de 520,000 millones de dólares evadidos en paraísos fiscales. Ello representa unos 20 billones (millones de millones) de dólares de todo el mundo, equivalente al 28% del Producto Interno Bruto (PIB) del país.

La presidenta al inicio de su primer mandato (2011-2014), usó los bancos estatales ofreciendo crédito más barato, forzando la competencia; pero con negativos resultados, su “nueva matriz económica” derivó en estancamiento, aumentando el déficit público y la inflación que duplica la meta de 4.5%.

El “drenaje financiero”, es lo que más preocupa a los economistas; Brasil tiene un desequilibrio fiscal estructural, cuyo origen deviene del contrato social recogido en la Constitución de 1988.

La sociedad quiere un Estado del bienestar social, que la economía brasileña en su nivel de desarrollo no logra atender. Por ello entre 1991 y 2014, el gasto público creció sistemáticamente por encima del PIB. Hay dificultad de “corregir” esas distorsiones brasileñas, “el sistema financiero es el problema central”.

Fernando Cardim de Carvalho, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro, reconoció: “De hecho la Constitución creó muchos derechos, sin cuestionar cómo serían financiados, y siguió una continua ampliación de derechos sin que nadie se pregunte cómo se pagará”. “Se generó una expectativa, que fatalmente sería defraudada, de que la democracia resolvería todo, como si fuese mágica”.

Cardim, economista “postkeynesiano” (una corriente del pensamiento británico), a contrario sensu de los defensores del ajuste fiscal ortodoxo, considera que la solución es el crecimiento económico.

El Gobierno del segundo mandato de Dilma Rousseff (del Partido de los Trabajadores), en el poder desde 2003, implementó medidas opuestas a su ideología y sus promesas electorales, acentuando la recesión con un ajuste fiscal emergente, elevando más el costo del dinero.

En Brasil, en el llamado mercado de crédito libre, incluyendo préstamos subsidiados por el Gobierno para vivienda e infraestructura, los consumidores pagan aproximadamente 58.6% de interés, y los negocios un 27.5%.

La Tesorería vende bonos que protegen a los inversionistas contra la inflación, los que incrementan sus dividendos, al elevarse las tasas de interés o devaluarse la moneda; corroborándose que en tiempos difíciles, los bancos pueden recurrir al Gobierno. En el Brasil los bancos nunca pierden.

*Diplomático, jurista y politólogo.

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