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A Roberto Fontanarrosa lo he leído y conocido hace mucho tiempo, en unas tiras cómicas que se publicaron, teniendo como personaje central a “Buguie El Aceitoso”.
Fue escritor, dibujante, guionista y se dio a conocer con ese personaje y con un gaucho; el “Inodoro Pereyra” acompañado de su perro Mendieta. Varios de sus cuentos fueron llevados a la pantalla.

De origen argentino, nació en Rosario. Habitual visitante de un Bar El Cairo, también de Rosario. Fiel asistente y amante a tertulias con sus amigos. Pese a su fama internacional, nunca dejó de asistir. En su honor se le erigió en ese lugar una estatua.

Con múltiples publicaciones, su existencia marcó en el humor de Argentina un antes y un después. Cierto día, aprovechando una entrevista, se le preguntó algo aparentemente cursi e intrascendente, que hoy deseo retomar. Cuando le cuestionaron si existía alguna forma particular en que los jóvenes pedían su autógrafo en sus libros, dejó la sonrisa y dijo que lo pedían de manera autoritaria, ya no lo pedían con educación, habían perdido la cortesía.

Era un hombre de mucha cultura, de tantas bromas y sonrisas, pero en ese momento la perdió. Poco tiempo después por asuntos de salud murió.

En tiempo atrás, en nuestra sociedad, existía alguien en casa, que se encargaba de educar y transmitir la cortesía y valores, así de una generación a otra se conservaban esos comportamientos de buen trato entre nosotros en sociedad.

Hoy hemos contratado de sustituto a una “niñera electrónica” (la TV). Un aparato que si lográsemos sintetizarlo y consolidarlo con sus características de comportamiento y valores en una persona, sería el último amigo con el que dejaríamos salir a algunos de nuestros hijos e hijas. Sería la amistad que recelaríamos al máximo para que nuestros menores y jóvenes tuviesen el menor contacto posible. Pero resulta que a ese “acompañante” y “distractor”, no solo le toleramos, sino que le dejamos horas y horas, días e incluso años, con nuestros jóvenes. Y esto se vuelve el inmenso riesgo de ser hijos, dentro de la tecnología, de nuestro tiempo. En un tiempo en que las cosas se acumulan con tanta intensidad; en que la indigestión intelectual es tan frecuente por el exceso de información y nuestro límite humano para digerirla. Una información ausente de valores que direccione hacia una verdadera educación. Van en crudo y bruto. Qué contradicción.

Si me atengo al consejo de Don Quijote de la Mancha, se diría que Fontanarrosa descubrió que “cada cual Sancho, es hijo de sus obras”, y estos, nuestros jóvenes, lo son de esta sociedad. Cervantes hace siglos nos advirtió que “la verdadera nobleza consiste en la virtud”. Algo que cada vez cultivamos e inculcamos menos.
El decir, ya no enseñamos (con el contenido que conlleva la explicación necesaria del porqué decirlo), frases y palabras como: discúlpeme, buenos días, buenas tardes, gracias, permiso, por favor, etc. Ya nadie nos enseña ni recuerda decir este trato humano. Frases que nos enaltecen tanto como personas y sociedad, enlazándonos con aquellos a quienes se las dirigimos, y con la que contribuimos en gotitas a unas constantes para la construcción de una paz social en cierto sentido.

A los jóvenes, Eduardo Galeano les hizo un llamado a desobedecer esa ley que les condena a la resignación “a la aceptación del mundo tal cual”. Porque, a como dijo en una ocasión el expresidente de Uruguay José Mujica a los jóvenes; “si sos joven, tenés que saber que la vida se te escapa, se te va… y no puedes ir al supermercado y comprar vida, entonces lucha por vivirla”.

Cada vez que veo, salvo contadas excepciones, el contenido de los programas de TV (la “educadora sustituta”), resuenan las palabras de Juan Manuel Serrat con las cuales advierte que “para construir un bello sueño, lo primero que hace falta es estar despierto”, y la TV y nuestro mismo ritmo de vida laboral nos adormecen.
He ahí el resultado de parte de lo que pasa cuando el número de personas en las cárceles tiende al aumento en nuestro tiempo, en nuestra sociedad. La razón está en nosotros.

El primer Nobel de Literatura en América Latina, Gabriela Mistral, lo dijo de manera precisa y sabia: “Si educamos a los niños, no será necesario castigar a los hombres”. Porque “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otras cosas” (John Lennon), aprendamos y transmitamos lo que hemos olvidado y construiremos seguramente una mejor sociedad.

*Escritor. Experto en Derecho.

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